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19 dic 2019

Una mirada al pasado para intentar tener un futuro


Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com


Parece prácticamente confirmado que Fernando Vázquez sucederá próximamente a Luis César Sampedro como entrenador del Deportivo. Su nombramiento, en mi opinión, es quizás la noticia más grata de lo que va de temporada aunque lo cierto es que tal y como se están desarrollando los acontecimientos decir eso no parece gran cosa. No obstante, creo que su llegada al banquillo de Riazor es una de las pocas cosas que podrían hacerme confiar en que algo va a cambiar, aunque lo cierto es que el cambio a estas alturas se ve como algo casi imposible y ni siquiera la llegada de Jürgen Klopp podría hacer confiar en una mejoría firme, ya que todo hace aguas por tantos costados que difícilmente una única persona puede lograr achicar todo el líquido que está hundiendo el barco blanquiazul.

En cualquier caso, el presumible fichaje del entrenador gallego de la mano de la que con alta probabilidad será la futura directiva del Dépor parece un primer paso para encontrar algo que hace tiempo que se perdió, y que parte de una búsqueda de volver a todo aquello que somos. El deportivismo y el club en general necesita referentes con los que sentirse cómodos, gente que genera esa identificación con lo que significa el escudo que se vio minada por la gestión deportiva de Carmelo del Pozo, que buscó crear un equipo a su imagen y semejanza eliminando todo rastro del pasado para inventarse un ególatra futuro que convirtió en rotundo fracaso. El pasado del que procede Vázquez no es tan glorioso como otros pasados más remotos, ni mucho menos, pero es un pasado que evoca algunas alegrías que en Coruña hace demasiado que ni se intuyen en lo referente al fútbol. Los argumentos futbolísticos ofrecidos en aquella etapa no fueron dignos de elogio formal, pero sí dignos de lo que se espera de un equipo de fútbol, que no es otra cosa que buscar lograr los objetivos utilizando unos ideales básicos reconocibles. Yo, a estas alturas, es lo único que pido, sabiendo que eso es la base de que llegue todo lo demás.

Entiendo que pueda haber críticas a la elección de Fernando Vázquez como nuevo entrenador del Dépor. No es un técnico al que los analistas comparen con Guardiola, no es un técnico de los que se llevan titulares en los tiempos modernos y ni siquiera es una de esos antiguas estrellas del fútbol recientemente retirada que viene a comerse el mundo en su nueva etapa como entrenador. Entiendo que posiblemente (aunque nunca se sabe lo que puede llegar a pasar) no es un entrenador para un proyecto largo en el que asentar las bases de un futuro que a día de hoy es más incierto que nunca, pero eso no me preocupa ya que asentar las bases del futuro no es lo principal ahora mismo: lo principal es asegurarse de que el club pueda tener dicho futuro. No sé si las cosas mejorarán y no sé si existe una opción factible que sea mejor que Vázquez para entrenar a este equipo, pero sí estoy seguro de que su llegada tiene motivos para ser vista con gran positividad y de que su anterior marcha del club fue una de las decisiones más injustas y carentes de lógica deportiva que se tomaron en el Dépor en los últimos años.

Nunca debió irse, al menos no en aquel momento. El entrenador gallego tuvo, en su etapa en Coruña, dos objetivos a conseguir: uno casi imposible y otro factible. El factible fue el de su segunda temporada, el ascenso desde la categoría de plata, y aunque hubo momentos de inquietud lo cierto es que resolvió la papeleta de manera digna y dando confianza a gente de la casa con un juego que nunca fue brillante pero casi siempre fue sólido. El casi imposible fue el de su primer año, y los paralelismos con la situación actual hacen que su desempeño en aquel momento sirva al menos para tener un clavo ardiendo al que agarrarse. Llegó a un equipo roto, sin salvación y en un momento en el que el ambiente entorno al club estaba completamente desgarrado por dentro y por fuera. En ese contexto impracticable no consiguió el milagro, pero sí consiguió acercarse a él contra todo pronósitico y llevar a todo el mundo a unirse entorno a él y a creer, porque él fue el único que creyó cuando hacía falta que creyese alguien y contagiase ese sentimiento a todos los demás.

El fichaje de Fernando Vázquez no es populismo, es confianza en la última persona (dejando aparte esos brillantes meses de Víctor Sánchez del Amo) que trajo al club algo más que mediocridad, porque salirse de la mediocridad en el fútbol no está en jugar bonito sino en que la afición reciba desde el césped algo con lo que identificarse, y Riazor recibió en aquellos tiempos un equipo al que era imposible reprochar casi nada incluso cuando las cosas no salían. En A Coruña nunca se pidió jugar bien, sólo se pide poder creer en el equipo, y Vázquez demostró saber conseguir eso en el pasado. ¿Hay elecciones factibles que mejoren a la suya? Quizás, no lo sé. ¿Es el mejor entrenador del mundo? Evidentemente no. ¿Puede acabar en desastre? Por supuesto que puede hacerlo, pero el desastre es el único destino al que lleva abocado este equipo desde hace casi cuatro meses y sólo sería la continuación de un rumbo heredado.

Al menos esta vez tenemos a alguien que sabemos que moverá cielo y tierra para intentar que ese desastre final no se produzca, porque si algo no se le puede negar a Vázquez es que, más allá de aciertos o equivocaciones, la pasión que pone en conseguir que las cosas funcionen es la que cualquier aficionado en su puesto mostraría pero añadiendo a mayores los conocimientos de un profesional, innegables en alguien con décadas de carrera a sus espaldas. De esta forma sobreviviremos o moriremos, confiando en uno de los nuestros, en alguien como nosotros que sabemos que dará todo por recuperar esto y nunca se dejará llevar por la corriente. Es lo único que nos queda.

6 abr 2019

El mal momento del Dépor entendido como un fracaso ideológico


  Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com

Reconozco que el 10 de junio se encendió una alarma en mi cerebro. Un clic mental de esos que saltan cuando ocurre algo, por muy nimio que sea, que no puedes evitar ver como un suceso con potencial capacidad de repercutir en el futuro de manera manifiesta. Ese suceso, que durante todo el año llevo teniendo en la cabeza como temido presagio de lo que podría ser un infame efecto mariposa, no es más que una frase que en su momento me golpeó en el orgullo con violencia. Aquel 10 de junio, Carmelo del Pozo se pronunció de la siguiente manera: 

El ascenso es un premio, no es un objetivo. El objetivo es volver a hacer un equipo competitivo y que ilusione a la gente. Seguramente si hacemos eso en ese trayecto llegaremos a unos retos deportivos a medio plazo muy buenos

Quizás, quien lea ahora estas palabras torcerá el gesto irremediablemente y se burle de lo lejos que se quedó el proyecto de lograr esa intención, pero yo voy más allá, voy a la implicación de las palabras. En el momento en el que leí eso la conclusión que me vino a la mente fue horrenda: Esa complaciente y absurdamente alejada de la realidad idea iba a ser la base sobre la que se va a edificar el entramado ideológico de nuestro equipo en una temporada de importancia capital. Evidentemente, en su momento no pude más que callarme con la esperanza de no tener razón y desear no llegar nunca a sentirme inclinado a escribir este artículo, pero no tuvimos esa suerte. Además, según pasaba el tiempo todas las declaraciones sobre objetivos que se hacían desde el club (las más recientes de Natxo González diciendo que jugar el play-off no sería un fracaso) iban orientadas a reafirmarse en esa intención de crear un ambiente en el que no conseguir ascender no fuese visto como una hecatombe.

Sinceramente, por muy duro que suene decirlo de una forma tan cortante, no puedo negar que siempre desprecié esa filosofía de buscar descargar peso de los propios hombros, porque ni la comparto ni la practico. No es simplemente que no me gusten las excusas, sino que creo que lo único que puede llevar al éxito son unos ideales muy definidos entorno a ellos, y pensar que el fracaso tiene cabida me parece la cumbre de la indefinición cuando hablamos de un club que debe aspirar a ser dominante en un contexto de competición. Es cierto que vivimos en una sociedad cada vez más infantilizada en la que el miedo al fracaso y al rechazo están cada vez más presentes, pero la solución no es poner el fracaso como algo aceptable, porque por más que nos queramos vendar los ojos, no es así. La única manera que conozco de sobrevivir al fracaso es autoexigirse lo máximo para que no suceda y, en el caso de no poder evitarlo, asimilarlo como algo que no se puede volver a repetir. Poner paños calientes de antemano sólo ayuda en los momentos buenos, en los que el agua no llega al cuello, pues evita pensar en otras cosas, pero cuando vienen mal dadas (y siempre hay malas épocas, es inevitable) aferrarse a la errada idea de cerrar los ojos al peligro acechante del fiasco es una manera contraproducente de afrontar los problemas. La temporada del Deportivo es claro ejemplo de ello, pues lo único que se consiguió es que en el momento en el que las cosas se empezaron a torcer la realidad golpeara con fuerza y entraran las prisas y el bloqueo.

El equipo, con algún que otro revés inicial, empezó bien la temporada, viendo el final lejano y sin ningún tipo de presión. El objetivo era 'agradar' y la plantilla es de calidad sobrada (no creo que nadie pueda poner un pero a esa afirmación) para hacer cosas importantes en la categoría, con lo que conseguir hacer bien las cosas no fue problema mientras los momentos decisivos estaban todavía lejos. No obstante, ¿qué pasó cuando la segunda vuelta empezó y cada punto debía ser atesorado como si fuera el oro más puro del planeta? Ahí las dudas empezaron a aparecer, porque en el fondo todo el mundo sabe que este club no puede permitirse una temporada sin el ascenso. En el momento en el que se empezó a entrever el final como algo más cercano de lo que parecía y el ansia resultadista hizo acto de presencia todos fueron golpeados por la realidad de que la jornada 42 se acercaba cada vez más y no había una ideología real a la que atenerse más allá de la de aceptar la mediocridad. No había un objetivo inequívoco entre ceja y ceja con el que motivarse y con el que inyectar sangre a los ojos. Por supuesto, estoy seguro de que la intención de lograr el ascenso lleva todo el año flotando en el vestuario como la necesidad imperiosa que deben saciar, pero esa tirita que de cara al público se esforzó por establecer la dirección deportiva desde el principio hizo que de alguna manera el cerebro no estuviera preparado para afrontar los momentos decisivos con esa solvencia que todo equipo que aspira a la grandeza tiene que mostrar obligatoriamente.

Siempre fui de la idea de que lo puramente futbolístico, lo táctico y lo técnico, es la base sobre la que evidentemente ha de sustentarse todo, pero que ese plus que decide la balanza entre quien triunfa y quien fracasa tiene una fortísima componente psicológica, y esa componente se basa casi en su totalidad en la ideología básica con la que afrontas la temporada. Pensemos en los grandes dominadores del fútbol mundial a lo largo de la historia y en todos ellos veremos ese denominador común. Creo que nadie se replantea las ideologías innegociables que enarbolaban las mejores épocas de Real Madrid, Barcelona, Manchester United o Bayern. Todos esos grandes equipos que se sucedieron a lo largo de la historia mostraron unos argumentos a los que aferrarse con uñas y dientes y que, a pesar de que dependiendo del club adopta manifestaciones muy variopintas (juego de posición, fortaleza mental capaz de empequeñecer al rival, pegada temible etc.) siempre se resume en un mismo trasfondo: centrarse en buscar el éxito y ni siquiera plantearse la posibilidad de fracaso. Si Guardiola, Mourinho, Simeone o Klopp son quienes son a día de hoy es porque entendieron como nadie ese concepto, el fútbol se divide entre quien busca triunfar y quien tiene miedo a fracasar. Y, aceptémoslo, por muy comprensible y humano que sea temer las situaciones negativas aquí no estamos para intentar que nadie se sienta mejor consigo mismo, sino para debatir sobre este deporte, y en el fútbol los que triunfan casi nunca son los que muestran esa humanidad de temblar ante la adversidad. Cada individuo, cada jugador, puede tener (y de hecho tiene, irremediablemente) sus dudas y sus temores, pero ante todo ha de sentirse arropado por un refugio basado en la fortaleza psicológica de un conjunto cobijado bajo el convencimiento inequívoco de que lo mejor está por venir, algo que refuerza al grupo y contribuye a levantar a los caídos.

Ahora, después de decir todo esto, habrá quien piense que una frase dicha a principios de año no puede tener toda la culpa de la mala temporada, y yo le respondo que por supuesto que no. Aparte de esto veo más problemas, como la baja de Carles Gil en invierno que inevitablemente provocó la pérdida del único jugador de la plantilla que, a falta de ver a Silva en esa posición, podía aportar algo jugando centrado en tres cuartos. También los innegables inconvenientes que supone renunciar a un jugador como Mosquera a saber por qué razón para dar protagonismo a un Didier Moreno que por muy voluntarioso que sea no cumple los mínimos para la categoría o, sobre todo, la habitual incapacidad de Natxo González para conseguir influir positivamente en los partidos con sus cambios, y el partido contra el Rayo Majadahonda fue un ejemplo perfecto de ello. La primera parte fue una declaración de intenciones del equipo de Antonio Iriondo, que desde el principio mostró la intención de hacer daño a los blanquiazules con una línea defensiva muy adelantada, presión intensa y aprovechar la velocidad de sus atacantes para ganarle la espalda a la defensa herculina. En ese contexto, en el que los madrileños consiguieron imponer su idea e incomodar al equipo local, no se intentó buscar en casi ningún momento los recursos que podrían haber dado un toque distinto al partido: aprovechar que esta vez había jugadores válidos para buscar mantener la posesión y ponerle pausa a un partido cuyo control se había escapado (siempre se buscó llegar rápido al área con unas prisas incomprensibles), permitiendo así crear espacios en las líneas rivales y a la vez que los jugadores deportivistas no perdieran su puesto para poder arropar mejor la salida de balón rival o explotar también la espalda de la defensa usando la velocidad de Quique o Nahuel. Se jugó a lo que quiso el Rayo sin ofrecer resistencia alguna.

Tampoco los cambios hoy fueron capaces de sumar nada, y si acaso consiguieron algo fue restar. La entrada de Vítor Silva por Vicente no aportó nada que se necesitara para cambiar el rumbo del partido y la salida de Pedro Sánchez fuera de posición para dar profundidad en el lateral en un momento en el que a todas luces hacía falta meter en el área a un rematados como Christian Santos me dejó también una sensación amarga. La rueda de prensa del técnico, de una cruda introspección, no dejó ningún lugar a la duda: el técnico vasco está superado por la situación desde hace varias jornadas y atentaría contra toda lógica que este no fuera su último encuentro. Ahora, aunque llegue un cambio en el banquillo, el reto es mayúsculo: ¿será posible cambiar un chip programado con instrucciones erróneas durante toda la temporada en sólo un puñado de partidos de importancia mayúscula? Ojalá sí. Y ojalá también se erradique para siempre de nuestro club, pues esta tolerancia hacia los resultados mediocres es algo endémico. Quizás la transformación de Gaizka Garitano desde la tristeza transmitida en Coruña hasta la solvencia mostrada en Bilbao, en un Athletic Club donde acercarse a los puestos de descenso nunca estuvo permitido, tenga un componente explicable en base a la clásica condescendencia coruñesa.

23 mar 2019

La afición de Riazor no es el problema


 Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com

¿Alguna vez coincidieron con esa gente que va a un McDonald's y no recoge su bandeja jactándose de no hacerlo mientras espetan: "No voy a hacer el trabajo de otra persona cuando vengo aquí y pago"? ¿Alguna vez coincidieron con esa gente que trata a su pareja como basura y cuando al final la pareja se harta y termina la relación se lo toman muy a pecho y acaban reprochando de manera psicópata: "No tienes derecho a dejarme. ¡Yo te quería!"? Ambas son actitudes de persona que no sabe (o no quiere saber) lo que significan sus actos y actúa y reflexiona sobre ellos ajeno a la realidad, metido en su propia mentira. El primero no sabe que no está pagando por el servicio de mesa y que el dependiente no cobra por hacer lo que él no hace. Por ahorrarse dos míseros segundos de vida está perjudicando a un trabajador. En el segundo caso pues bueno, poco hay que explicar.

Parece que en la grada de Riazor estamos ante un fenómeno parecido. No quiero profundizar demasiado en el tema porque ya está más que tratado, pero  como veo a muchos tomándose como una afrenta que se hable de la grada como si alguien estuviera diciendo que esta sea la causante de todos los males de un equipo que tiene problemas muy graves más allá del ambiente al que se enfrenta en su propia casa habrá que dedicarle a esto unas últimas líneas.

No, la afición de Riazor no es el problema. Es más que evidente que nadie quiere decir eso. Y todo el mundo tiene derecho a expresar su opinión como le venga en gana, faltaría más, igual que todo el mundo tiene derecho a no recoger su bandeja en el McDonald's. Pero, por favor, sin victimismos y sin estar ajenos a la realidad de lo que conlleva. Si haces algo que a todas luces tiene una repercusión negativa en otras personas, afróntalo con dignidad y sin crearte una coartada en el falso victimismo como en los dos ejemplos que puse al principio. Es evidente lo que se quiere decir cuando se habla de la afición, es evidente que si desde dentro lo llevan mencionando desde que se atisba esta beligerancia es porque realmente afecta y no como excusa (aunque pueda servir en parte como coartada) y es evidente, sobre todo, que yo no soy nadie para decirle a nadie lo que tiene que hacer. Sinceramente, en este tema me quedo en el bando de los RB, el de apoyar e intentar sumar para que a final de temporada nadie pueda reprochar nada. Y sí, si el objetivo exigible se escapa todos sabemos que los máximos responsables no serán los 16000 de todos los fines de semana, pero es que vuelve a ser algo tan evidente que me da hasta cierto reparo tener que decirlo.

Y, quien no quiera entender, que no entienda

15 oct 2018

Dépor - Elche: Riazor vuelve a ser temible



El pasado viernes pudo verse en Riazor un partido en el que el equipo local demostró que si sabe mantener este nivel está en condiciones de pelear por todo esta temporada. En un escenario en el cual casi todo está saliendo bien este año, delante de su afición, el conjunto blanquiazul volvió a mostrar lo que ya había dejado entrever en jornadas pasadas: hay potencial para ser un bloque dominador en la categoría.

Salvo el partido contra el Málaga de la pasada semana, en el que los tres puntos se atascaron en el partido en el que mejor habrían venido, los de Natxo González cuentan todos sus encuentros como local en forma de victorias. Y lo más importante es que con el paso de las jornadas las sensaciones están siendo cada vez mejores y muy alejadas ya del esperpento vivido en Alcorcón, en el que el aplomo del equipo madrileño tuvo mucho que ver.

Más allá de la evidente buena noticia que supone llevarse los tres puntos, con lo que me quedo de lo visto en el partido del viernes es con un detalle que visto el devenir posterior del encuentro puede parecer una nimiedad, pero que es realmente algo muy importante: El Dépor supo cambiar el guión a un partido en el que su rival empezó mucho mejor en los primeros minutos, incluso contando con ocasiones de gol que podrían haber llevado el encuentro por un cauce muy diferente al que finalmente se vio. El Elche pudo haberse adelantado cerca del inicio en varias jugadas puntuales en las que se aprovecharon de una sucesión de errores de bulto del equipo local, que fueron excesivamente comunes durante los primeros compases del juego. Un gol tempranero del conjunto visitante habría cambiado las tornas del partido de manera inevitable y encauzar una situación en la que el equipo empieza mal es complicado, pero los blanquiazules lograron hacerlo con creces para acabar estableciendo un marcador final que no engaña y da buena cuenta de la superioridad vista en el campo.



No es casual que el juego colectivo del equipo esté dando sus frutos, pues según avanzan las jornadas estamos comprobando que el trabajo de Carmelo del Pozo a la hora de confeccionar la plantilla fue notable. Resulta sorprendente contar en segunda división con una pareja de centrales que están muy por encima del nivel medio de la liga. Cuando Duarte está más discreto (en los últimos partidos sigue a buen nivel, pero menos sobrado que a principios de temporada) aparece Marí en modo capitán general como en el último partido, demostrando que sabe ser impecable en defensa y también tener protagonismo en ataque tanto en salida de balón como en disparo de media y larga distancia cuando se le presenta la ocasión. Se compenetran a la perfección y no son la única gran noticia que está dejando la línea defensiva, pues Saúl volvió a demostrar que es un lateral notable que sabe acompañar el juego del equipo dando desahogo en la construcción y alternativas en la creación de contextos de peligro en los últimos metros.

En cualquier caso, si tuviéramos que destacar sólo a dos jugadores en el ámbito individual, está claro que por lo visto en esta última jornada esos serían Edu Expósito y Carlos Fernández. El centrocampista lleva toda la temporada viviendo a la sombra de Didier Moreno, pero ante el Elche mostró no sólo que es mejor futbolista que el colombiano, sino que además es mucho más adecuado para el estilo de juego de este equipo. Su descaro atreviéndose a filtrar pases verticales, su apoyo incansable y su inteligencia en el aspecto táctico dejan entrever a un jugador hecho para ser importante esta temporada. Por su parte, Carlos estuvo ante su explosión definitiva. El delantero cedido por el Sevilla había comenzado la temporada dando muestras de tener mucho fútbol dentro, pero también dejando la sensación de que jugaba con el freno echado, como si todavía estuviese cohibido ante el nuevo reto y sin atreverse del todo a soltarse. No obstante, su primer gol de la temporada en la anterior jornada ante el Málaga le ayudó a ganar confianza y a querer demostrar más aún de lo que había dejado ver hasta ahora, lo que le llevó a ser capaz de anotar tres tantos de diversos estilos que dejaron ver que es un futbolista muy versátil.

En cuanto a la gestión del partido, Natxo González supo ejercer su mando con coherencia y calma, entendiendo al hacer los cambios que el partido estaba controlado y sin hacer locuras innecesarias. Evitó hacer variaciones de esquema y tampoco echó al equipo atrás a pesar de la ventaja, dando minutos a jugadores que los necesitaban para reivindicarse. Como único matiz diría que uno de mis cambios habría sido para darle salida a un Carles Gil al que jugar partidos completos no le sienta bien físicamente, pero el mediapunta pudo acabar los 90 minutos sin problemas.

Por otra parte, también se debería decir que el partido de Christian Santos no se acercó al de un jugador que pueda resultar demasiado útil en el rol que tuvo encomendado. El venezolano es un futbolista del que se pueden sacar cosas, pero quizás se le pidió (o más bien el contexto de juego le llevó a tener que hacerlo) tener influencia demasiado alejado del área y en ese ámbito no se encuentra cómodo. Es un futbolista que sabe estar en el sitio adecuado para el remate, pero que cuando se aleja de la meta rival no luce. Quizás su rol ideal sea el de revulsivo más que el de opción para la titularidad, sobre todo teniendo en cuenta que sus rivales por el puesto son de lo mejor de la categoría.

En resumen, contra el Elche salió bien todo lo que podía salir bien y Riazor vuelve a confiar en que esta temporada podrá pasarselo bien después de años viendo la asistencia al estadio más con resignación que con ilusión. Habrá que esperar que todo continúe funcionando de la forma que estamos viendo.

18 mar 2018

Miedo y asco en Riazor



No suelo hablar de la grada ni cuando escucho cosas inauditas a mi alrededor (cosa bastante más común de lo que me gustaría, que nadie piense que Riazor es un oasis de cordialidad) debido a que no me parece un aspecto demasiado relevante del juego. Que sí, que la afición puede dar alas o cortarlas dependiendo de la situación, pero 30000 personas actuando como entes casi individuales no resultan ser un factor realmente determinante casi nunca. Si algo enseña la física es que la actuación de un número muy alto de cuerpos dejados a su libre albedrío durante un tiempo suficientemente alto tenderá a anular la acción conjunta global de todos ellos. No obstante hoy voy a comentar algunas impresiones con respecto al tema porque creo que el partido de ayer tuvo tintes fenomenológicos en la grada de la misma forma que los tuvo el jugado ante el Granada en la 12/13.

Si algo me llamó la atención de ayer fue la alevosía de ciertos cánticos. En una afición que se vangaloria (cada vez menos) de ser una de las mejores de España choca bastante el hecho de que vaya deliberadamente contra su propio equipo cuando todavía tiene opciones manifiestas de ganar un encuentro. A nivel táctico, el partido de ayer fue infame y se vio a las claras que Seedorf no tenía mayor plan que dejarlo todo a la casualidad después de elegir a sus once jugadores, pero también es innegable que Las Palmas no supo proponer mucho más y el Dépor llegó a hacer más peligro que sus rivales hasta los últimos minutos. Este partido se perdió porque la casualidad falló y es cierto que aunque se ganara no habría motivos para la alegría ante semejante esperpento táctico, pero desde luego que los cánticos burlones contra el equipo desde el comienzo de la segunda parte hicieron muy poco para ayudar a decantar la balanza en la última oportunidad de supervivencia. Si ahora estaba difícil, en la segunda categoría lo estará más todavía.

¿Es esto un reproche a todo aquel que se dedicó a reírse del equipo en lugar de intentar ayudar a que consiguieran una victoria que ayer habría podido llegar sin ningún tipo de problema? La respuesta es no, no me corresponde esa autoridad moral para decirle a nadie lo que ha de hacer. Creo que cada uno está en su derecho de comportarse de la manera que desee y a exponerse al juicio ajeno en base a ello y, en el caso de este artículo, a mi juicio. En mi opinión, lo realmente grave de ayer fueron las mofas a Lucas Pérez. El jugador está dando un nivel muy alejado del rendimiento esperado en base a lo que dio en el pasado y lo que cobra en el presente, pero si alguien duda de su implicación en cada partido es porque no le presta atención alguna y no ve que al menos es de los pocos que tira de orgullo. En cualquier caso, aunque no se dejara los pulmones en el campo, yo tengo claro quien es de los mios y creo que Lucas era de los que vestían de blanquiazul y de los que sienten innegablemente el escudo. Mofarse de él es mofarse de todos nosotros, porque veo evidente que lo que hace en el campo es lo que haría cualquiera de la grada si estuviera en su lugar, porque es la imagen de la impotencia y la desesperación que sentimos todos. Y debo decir que no defiendo esto porque sea Lucas, ni mucho menos, sino porque no me parece normal. Igual que no me parecieron normales otros acosos como los sufridos por Albentosa o Juan Domínguez en su día.

Quedan nueve partidos y ayer vimos a una afición que parecía querer perder el partido para poder despacharse a gusto y señalar a sus odiados. Y qué queréis que os diga, yo también espero una pronta convocatoria de elecciones y un cese fulminante de un técnico que no consiguió más en el Dépor que hacer que sus jugadores hicieran el ridículo, pero no a costa de dispararnos en el pie. En cualquier caso, felicidades: ahora sí que estamos en segunda y el estadio contribuyó ayer en su justa medida a destrozar la última bala con la inestimable ayuda de los que corrían sobre el césped. Ahora ya todo el mundo puede criticar sin miedo todo lo que quiera, porque ya no hay nada que perder. Nos vemos en segunda.