10 jun. 2019

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¡Canten, putos, canten!

Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com
Luz. Llamas. Ruido. Cánticos. Euforia. Riazor tuvo todo eso el pasado sábado después del último partido de su liga regular y lo tuvo porque pudo y porque quiso. Más allá de que no hubiera ningún ascenso que celebrar todavía, los allí presentes nos recreamos en lo único que tenemos por ahora, que es a la vez lo máximo que podíamos tener: seguir vivos aspirando a conseguir el objetivo del ascenso. El acto salió de una mezcla entre la espontaneidad y el preparativo previo y fue recibido con cierto rechazo por una parte de la afición, pero yo creo que fue algo de lo que sólo se pueden sacar cosas positivas. Superado un escollo que hace sólo unas semanas parecía imposible, es momento de aprovechar la buena ola y no poner freno a la euforia, porque la euforia por sí misma no es mala. Si se consigue que no provoque un alejamiento de la realidad es un valor añadido.

Esta misma temporada fue un claro ejemplo de los beneficios que una euforia bien gestionada puede dar. Lo vimos en la Champions, donde, en medio de esa histriónica atmósfera que siempre rodea a Klopp, el Liverpool venció sobre el agarrotamiento de la obligación que suponía el cetro europeo para equipos como City o Barcelona, que se quedaron por el camino con una sensación de decepción notable. Pero también se vio en nuestra propia categoría con Osasuna, campeón con el que pocos contaban y que se hizo fuerte consiguiendo el compromiso de una afición que desde que empezó a verse con opciones supo que no había nada que perder y transmitir ese sentimiento al equipo. Y es que la euforia es eso, ser consciente de que una derrota no es el fin del mundo y que el fútbol está hecho para ilusionarse con las grandes victorias.
 
El fútbol, en resumen, es creer, crear, criar... Creer porque la creencia nos lleva a despertarnos cada domingo esperando al menos un gol más en el lado de nuestro escudo que en el del rival en el marcador al final del partido. Crear porque cada partido es una forma de creación, de mostrar al mundo la capacidad de un conjunto. Y criar, por supuesto, porque no existe mejor medio para formar a las nuevas generaciones que un juego, los juegos son como la vida. Hay malos, hay buenos, hay lealtades, éxitos y fracasos. El fútbol se filtra en cada uno de los huecos de la mente del niño que va a ver a su equipo, y a un niño no lo puedes criar en la obligación del éxito porque eso es irreal y sólo crea frustración. La ilusión de la euforia controlada, la emoción por cada victoria y la aceptación de la derrota como el inicio de un nuevo ciclo hasta el siguiente partido en vez de como el fin del mundo. Eso es este deporte y eso demostró entender Riazor hace unos días.
 
La euforia no es mala mientras los pies estén en el suelo. La buena euforia conduce a los éxitos de la misma forma que la frustrante obligación conduce a los fracasos. Ese Liverpool de Klopp del que ya hablé y que vive en la euforia constante es el perfecto ejemplo. Incluso en el peor de los casos, me gustaría que tuviésemos en la cabeza esa imagen de Mohamed Salah desolado hace poco más de un año. Porque esa imagen, una imagen que podría parecer de fracaso, no lo es. Esa imagen es la imagen de un futuro éxito, un éxito que se produjo tan solo un año después. Tanto esa falsa noción de fracaso (ser el segundo equipo de Europa no lo es) como el éxito posterior tuvieron un denominador común: Creer. Porque cuando crees puedes ganar o puedes perder, pero cuando te obligas y te generas urgencia no hay alegría posible porque ganar es lo normal y la derrota es una debacle que hace temblar las piernas mientras compites. No hay ilusión porque no puedes conseguir nada, sólo hay miedo por perder lo que necesitas para poder sobrevivir.

No hay motivos reales para el pesimismo. Si analizamos nuestra situación, es cierto que tenemos ese leve handicap que haría que antes de unos hipotéticos penaltis estuviéramos eliminados. No nos importa. ¿Cuántos partidos históricos de nuestro Deportivo nos engrandecieron en los penaltis? No somos de esos, nosotros mejor que nadie tenemos grabado a fuego un dogma incuestionable: nuestra grandeza no debe volver a depender de un penalti, nunca más. Olvidemos las obligaciones y creamos que es posible, porque si el año que viene no estamos en primera seguiremos teniendo esa imagen de un desolado Salah hace 12 meses y la satisfacción de saber cómo continua esa historia un año más tarde. Mientras todo está en el aire hasta que el tercero en discordia del ascenso se decida en esa mágica noche de San Juan en la que en Coruña somos omnipotentes, sólo cabe recordar las palabras que un sabio nos dedicó en tiempos pretéritos: ¡Canten, putos, canten!
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