22 abr. 2019

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En busca de la competitividad perdida


  Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com

Los equipos tienen personalidad. Siempre existen versos libres que vagan a su aire por el vestuario, pero puede decirse que lo normal es que cada equipo alcance con el tiempo su propia forma de ser, que esencialmente dicta la manera con la que se enfrentan a las adversidades en el campo. El Real Madrid de la primera etapa de Zidane era un equipo ególatra, el United de Ferguson era un equipo prepotente, el Inter de Mourinho era un equipo sacrificado y leal y el Barça de Rijkaard era un equipo feliz y despreocupado. Estos rasgos, aunque en algún caso puedan parecer peyorativos, no lo son. Son ese factor diferencial que estos grandes equipos supieron explotar para convertir su proyecto en grandeza en los momentos críticos, el punto que, bien gestionado, marcó la diferencia entre el éxito y el fracaso cuando tenía que hacerlo. La egolatría del Real Madrid les permitió ser un equipo inmune a la presión de las grandes citas. La prepotencia del United les permitió ser un equipo que nunca se veía inferior a nadie bajo ninguna circunstancia. La lealtad del Inter permitió ver un equipo que de otra manera, sin morir por las ideas, nunca habría sido campeón de Europa y la alegría despreocupada del Barcelona hizo que el equipo dejara atrás a pasos agigantados una época oscura demasiado triste. Por supuesto, para lograr convertir en algo positivo estas personalidades colectivas fue necesario moldearlas o gestionarlas adecuadamente para conseguir esos resultados positivos.

Los ejemplos utilizados hasta ahora son ejemplos de éxito, pero evidentemente también hay ejemplos de personalidades que conllevan fracaso, ya sea por predisposición hacia ello o por fallar en lo ya comentado: no tener una gestión adecuada. Muchos equipos con grandes nombres que acaban fracasando suelen ser equipos divos fruto de una prepotencia o egolatría mal llevada a diferencia de los casos comentados anteriormente en los que sí dio frutos. En el fracaso, la etiqueta es más difícil de poner que en el éxito, ya que no se sabe bien si lo que se muestra es lo real o el producto de la negligencia. El caso del Deportivo lo veo como un claro ejemplo de fracaso en la gestión de la personalidad y es algo que ya traté anteriormente. A día de hoy creo que es una plantilla estancada en la ''cómoda'' inoperancia de no querer afrontar el fracaso y preferir verlo como falta de suerte más que como falta de atrevimiento. Creo que estamos viendo un equipo postrado a aceptar la ansiedad propia de ese sentimiento casi victimista, un sentimiento que llegó a vencer a este equipo por completo. Y eso es un desastre, ya que no hay nada más anticompetitivo que eso.

Esa actitud es una garantía de fracaso cuando uno se abandona a ella. Hay ocasiones en las que gente capaz de sacar adelante sus obligaciones se ve totalmente embotada cuando conoce el escollo de la derrota. Ya sea en el fútbol, en un carrera universitaria o en la vida laboral, los malos momentos siempre aparecen y no saber afrontarlos es algo que puede aparecer en cualquier momento. Y según cómo seas, la manera de arreglarlo difiere bastante. Veo a este Dépor como a ese alumno que va a los exámenes sabiendo que va a suspender y que se bloquea ante ese miedo prefiriendo evadirse antes que poner todo de su parte para que eso no pase. Salir de ese catastrofismo no es sencillo, y por supuesto que la influencia externa tiene su peso. De hecho, algo observado ayer relacionado con esta influencia externa es lo que me llevó a recuperar hoy este tema.

Soy de los que defiende que una grada no debe ser hostil contra su equipo cuando todo está en juego, de hecho lo hice aquí mismo no hace mucho. No obstante, lo que expongo en el párrafo anterior sobre que cada personalidad necesita estímulos distintos para sobreponerse a los malos momentos también es algo que ha de tenerse en cuenta, y contra el Extremadura se vio algo curioso que me hizo reflexionar este asunto: Justamente los únicos momentos para guardar del equipo en el partido se dieron con la grada totalmente en contra (sin que se pueda obviar a mayores el hecho de que esos momentos los cambios habían mejorado al equipo al haber introducido a Mosquera y Cartabia). Fue cuando la grada empezó a pensar más en acusar que en apoyar cuando apareció un Dépor con un poco de sangre inyectada en los ojos y que olvidó de la apatía para encenderse en busca del gol.  No obstante, era demasiado tarde. No ha de entenderse esto como una invitación a increpar a los jugadores desde la grada, ni mucho menos. Quizás podría serlo si una grada de fútbol fuese un colectivo de gente de la que se pudiera esperar conocer los límites de la decencia humana, pero como no es el caso simplemente es una simple reflexión: quizás el equipo necesite que le dejen claro la clase de ridículo que están haciendo para que dejen de hacer el ridículo y saquen la pizca de orgullo que les pueda quedar en su interior.

En cualquier caso, no soy psicólogo ni trabajo a diario con los jugadores para que mis palabras sean más que opiniones en base a la observación lanzadas sin más pretensión que el puro debate y, por supuesto, aunque me guste bastante tratar el aspecto psicológico (porque creo que lleva siendo un handicap en este club desde hace tiempo y este año es el más significativo en ese aspecto) eso sólo es el factor qe da la puntilla a todo lo demás. Una plantilla con la que el equipo debería ir bastante holgado para conseguir al menos estar en puestos de play off sin sufrir se mermó de manera inadmisible haciendo peores a los más válidos o directamente prescindiendo de ellos (entran aquí Mosquera, Saúl, Vicente, Carles Gil y Cartabia) para dar una confianza desmesurada a jugadores mediocres que no deberían ser más que un complemento puntual (Didier, Pedro o Bóveda). Tampoco se dio oportunidad a jugadores que parecían poder aportar, como es el caso de Montiel. Si a eso le sumas las continuas lesiones de Carlos Fernández y Krohn Dehli, dos jugadores que partían como piezas importantes, lo que te queda es una plantilla que dista mucho de lo que se podía entrever en verano y que se asemeja más a una balanza descompensada.

Por otro lado, tampoco se puede negar que desde el banquillo no se está ayudando para nada al equipo desde hace meses. Si la lectura de los partidos de Natxo en sus últimos tiempos estaba siendo deficiente, Martí ayer dio una lección de lo que no debe hacerse en el apartado táctico. La idea de alinear a Vítor Silva (un jugador que sólo puede rendir en un contexto de mucha posesión adelantada y poca ida y vueta) poniendo a la vez un costado derecho formado por tres jugadores como Moreno, Bóveda y Pedro que son totalmente contraproducentes para el fútbol combinativo no te hace sólo perder toda posibilidad de jugar a lo que podrías querer jugar, sino que además conlleva jugar con un jugador menos, ya que Vítor Silva pasa a no servirte para nada y a restar más que sumar. La alineación contra el Extremadura es un error tan inexplicable y grave como el de acabar jugando con Pedro de lateral derecho. Cuando llegas para cambiar la dinámica de un equipo lo último que puedes hacer es caer en las mismas locuras absurdas en las que cayó tu predecesor en el banquillo en sus últimos partidos, cuando buscaba soluciones desesperadas.

Nadie debería engañarse, este Dépor no va a ascender ni va a meterse en el play off. Quizás a partir de la próxima jornada veamos a un equipo diferente, pero las cosas no son tan sencillas y llevamos media temporada confiando en milagros que no llegan. Y a estas alturas, prácticamente ni un milagro puede hacer que este no sea el fracaso más sonado de las últimas décadas en este club. Un año más, el proyecto deportivo vuelve a fallar de manera estrepitosa.
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7 abr. 2019

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El debate sobre la culpa de Natxo en el fracaso de su proyecto en el Dépor es irrelevante

  Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com
Natxo González ya es historia para el deportivismo. Con su cese, anunciado esta tarde, se cierra una nueva etapa fallida que acabó mucho peor de lo que se esperaba hace no demasiados meses. Una etapa que llegó a parecer diferente a las anteriores en algún momento, pero que se cerró como absolutamente todas las que se abrieron durante los últimos tiempos: con un sonado fracaso.

Natxo forma ya parte del pasado, y el debate útil ya no debe tenerle a él como objeto de reflexiones. Siempre es importante tener presente el pasado para tomar decisiones de cara al futuro, pero también es importante identificar la raíz de los problemas a los que uno se enfrenta, y en el Deportivo hay uno evidente que eclipsa a todos los demás. El único debate que se debe hacer a día de hoy es el que busque dar respuesta a una simple pregunta: ¿Qué se está haciendo mal a nivel de club para que exista esa imposibilidad de crear un proyecto estable a medio plazo?

El caso del club coruñés es sorprendente, ya que no se puede decir que no hubiera intentos muy variopintos de hacer cosas diferentes. No todo proyecto estuvo encabezado por entrenadores incapaces como Clarence Seedorf o que tomaron las riendas en un momento demasiado hostil como Cristobal Parralo, también existieron etapas en las que por un momento todo parecía ir bien como en la época de Víctor Sánchez del Amo o mismamente en la de Natxo. También intriga ver cómo un entrenador como Gaizka Garitano, que en Coruña mostró una versión gris, está actualmente consiguiendo objetivos con cierta holgura en Bilbao.

Creo que en este club existe cierta tendencia por no encontrar el punto medio, tendencia a confiar en técnicos con buenas intenciones pero a los que todavía les queda grande un club de la categoría del Deportivo (de nuevo los ejemplos de Víctor y Natxo) o entrenadores de vuelta y media que ya no tienen ese ansia de crecer y ese factor sorpresa que aportar al fútbol moderno (Mel y Víctor Fernandez). Esas alternativas pueden salir bien y tanto la opción de dar la alternativa a gente nueva como la de echar mano de la experiencia son perfectamente válidas, pero cuando ninguna te funcionó cabe preguntarse si no vendría bien apostar por algo distinto por una vez.

Cuando hablo de algo distinto, y este me parece un aspecto clave, me refiero a que deberíamos echar la vista hacia atrás y analizar un detalle: ninguno de los entrenadores que llegaron durante la era Tino para encabezar sus proyectos tenía experiencia o la tenía pero había experimentado sólo el fracaso en el cometido para el que llegaban. Si excluimos los entrenadores que llegaron al Dépor con la temporada empezada (se intuye una mayor disponibilidad para elegir a un entrenador cuando se contrata en verano que con la temporada ya empezada y por ello debemos ser más críticos con los errores en el mercado veraniego), tenemos los siguientes casos:

  •  Víctor Fernández: Llegó para pelear por el descenso, pero a lo largo de su carrera sólo conoció esa lucha en una ocasión, en su primera temporada en Primera. Llegó a mitad de temporada al Zaragoza y consiguió el objetivo, sí, pero aquello fue en 1991. En el resto de sus proyectos en la categoría quedó en la mitad alta de la tabla salvo en su última temporada completa en Zaragoza, donde quedó 13º pero sin estar nunca en peligro real. En las campañas en las que entrenó a equipos que acabaron luchando por no descender fue siempre destituido antes de acabar el año.
  • Gaizka Garitano: Llegó con el objetivo de la permanencia en primera después de no haberla logrado en su única oportunidad previa en la máxima categoría (a pesar de que el Eibar acabaría manteniéndose en los despachos).
  • Natxo González: Llegó con el objetivo fundamental del ascenso a primera, pero en su única oportunidad de estar en esa lucha acabó siendo eliminado el el play off.

En cuanto a los fichajes de urgencia en mitad de la temporada como parche para salvar al equipo de la hecatombe, sólo Mel había tenido alguna experiencia exitosa en salvar a un equipo del descenso desde primera división (y sólo en una temporada). Víctor, Seedorf y Cristóbal eran debutantes en la categoría. Pero como dije antes el mercado de entrenadores una vez la temporada ya está empezada es muy limitado, lo realmente preocupante es errar el tiro en el mercado de verano en tres ocasiones que podrían contabilizarse como cuatro si tenemos en cuenta la renovación de la confianza en un Mel que a pesar de haber conseguido la salvación estaba ya muy discutido al final de su primera temporada.

Sea como sea, siete proyectos fallidos en cinco años es argumento suficiente para esquivar casi por completo el debate sobre la figura de Natxo González ahora que ya no es parte del club. El nuevo entrenador ha de tener presente su etapa para ver qué fortalezas y debilidades mostró el equipo tanto colectiva como individualmente y buscar no repetir errores, pero poco más. El debate realmente útil pasa por reconocer que algo se está haciendo mal a nivel de club que hace que sea imposible alcanzar la estabilidad y todo debate debe orientarse a hallar la raíz de ese problema. Encontrar una persona y una idea para asentar el futuro deportivo del club es una condición obligatoria para alcanzar objetivos, y la deriva actual sólo puede dirigir al Deportivo al fracaso endémico.
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6 abr. 2019

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El mal momento del Dépor entendido como un fracaso ideológico

  Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com

Reconozco que el 10 de junio se encendió una alarma en mi cerebro. Un clic mental de esos que saltan cuando ocurre algo, por muy nimio que sea, que no puedes evitar ver como un suceso con potencial capacidad de repercutir en el futuro de manera manifiesta. Ese suceso, que durante todo el año llevo teniendo en la cabeza como temido presagio de lo que podría ser un infame efecto mariposa, no es más que una frase que en su momento me golpeó en el orgullo con violencia. Aquel 10 de junio, Carmelo del Pozo se pronunció de la siguiente manera: 

El ascenso es un premio, no es un objetivo. El objetivo es volver a hacer un equipo competitivo y que ilusione a la gente. Seguramente si hacemos eso en ese trayecto llegaremos a unos retos deportivos a medio plazo muy buenos

Quizás, quien lea ahora estas palabras torcerá el gesto irremediablemente y se burle de lo lejos que se quedó el proyecto de lograr esa intención, pero yo voy más allá, voy a la implicación de las palabras. En el momento en el que leí eso la conclusión que me vino a la mente fue horrenda: Esa complaciente y absurdamente alejada de la realidad idea iba a ser la base sobre la que se va a edificar el entramado ideológico de nuestro equipo en una temporada de importancia capital. Evidentemente, en su momento no pude más que callarme con la esperanza de no tener razón y desear no llegar nunca a sentirme inclinado a escribir este artículo, pero no tuvimos esa suerte. Además, según pasaba el tiempo todas las declaraciones sobre objetivos que se hacían desde el club (las más recientes de Natxo González diciendo que jugar el play-off no sería un fracaso) iban orientadas a reafirmarse en esa intención de crear un ambiente en el que no conseguir ascender no fuese visto como una hecatombe.

Sinceramente, por muy duro que suene decirlo de una forma tan cortante, no puedo negar que siempre desprecié esa filosofía de buscar descargar peso de los propios hombros, porque ni la comparto ni la practico. No es simplemente que no me gusten las excusas, sino que creo que lo único que puede llevar al éxito son unos ideales muy definidos entorno a ellos, y pensar que el fracaso tiene cabida me parece la cumbre de la indefinición cuando hablamos de un club que debe aspirar a ser dominante en un contexto de competición. Es cierto que vivimos en una sociedad cada vez más infantilizada en la que el miedo al fracaso y al rechazo están cada vez más presentes, pero la solución no es poner el fracaso como algo aceptable, porque por más que nos queramos vendar los ojos, no es así. La única manera que conozco de sobrevivir al fracaso es autoexigirse lo máximo para que no suceda y, en el caso de no poder evitarlo, asimilarlo como algo que no se puede volver a repetir. Poner paños calientes de antemano sólo ayuda en los momentos buenos, en los que el agua no llega al cuello, pues evita pensar en otras cosas, pero cuando vienen mal dadas (y siempre hay malas épocas, es inevitable) aferrarse a la errada idea de cerrar los ojos al peligro acechante del fiasco es una manera contraproducente de afrontar los problemas. La temporada del Deportivo es claro ejemplo de ello, pues lo único que se consiguió es que en el momento en el que las cosas se empezaron a torcer la realidad golpeara con fuerza y entraran las prisas y el bloqueo.

El equipo, con algún que otro revés inicial, empezó bien la temporada, viendo el final lejano y sin ningún tipo de presión. El objetivo era 'agradar' y la plantilla es de calidad sobrada (no creo que nadie pueda poner un pero a esa afirmación) para hacer cosas importantes en la categoría, con lo que conseguir hacer bien las cosas no fue problema mientras los momentos decisivos estaban todavía lejos. No obstante, ¿qué pasó cuando la segunda vuelta empezó y cada punto debía ser atesorado como si fuera el oro más puro del planeta? Ahí las dudas empezaron a aparecer, porque en el fondo todo el mundo sabe que este club no puede permitirse una temporada sin el ascenso. En el momento en el que se empezó a entrever el final como algo más cercano de lo que parecía y el ansia resultadista hizo acto de presencia todos fueron golpeados por la realidad de que la jornada 42 se acercaba cada vez más y no había una ideología real a la que atenerse más allá de la de aceptar la mediocridad. No había un objetivo inequívoco entre ceja y ceja con el que motivarse y con el que inyectar sangre a los ojos. Por supuesto, estoy seguro de que la intención de lograr el ascenso lleva todo el año flotando en el vestuario como la necesidad imperiosa que deben saciar, pero esa tirita que de cara al público se esforzó por establecer la dirección deportiva desde el principio hizo que de alguna manera el cerebro no estuviera preparado para afrontar los momentos decisivos con esa solvencia que todo equipo que aspira a la grandeza tiene que mostrar obligatoriamente.

Siempre fui de la idea de que lo puramente futbolístico, lo táctico y lo técnico, es la base sobre la que evidentemente ha de sustentarse todo, pero que ese plus que decide la balanza entre quien triunfa y quien fracasa tiene una fortísima componente psicológica, y esa componente se basa casi en su totalidad en la ideología básica con la que afrontas la temporada. Pensemos en los grandes dominadores del fútbol mundial a lo largo de la historia y en todos ellos veremos ese denominador común. Creo que nadie se replantea las ideologías innegociables que enarbolaban las mejores épocas de Real Madrid, Barcelona, Manchester United o Bayern. Todos esos grandes equipos que se sucedieron a lo largo de la historia mostraron unos argumentos a los que aferrarse con uñas y dientes y que, a pesar de que dependiendo del club adopta manifestaciones muy variopintas (juego de posición, fortaleza mental capaz de empequeñecer al rival, pegada temible etc.) siempre se resume en un mismo trasfondo: centrarse en buscar el éxito y ni siquiera plantearse la posibilidad de fracaso. Si Guardiola, Mourinho, Simeone o Klopp son quienes son a día de hoy es porque entendieron como nadie ese concepto, el fútbol se divide entre quien busca triunfar y quien tiene miedo a fracasar. Y, aceptémoslo, por muy comprensible y humano que sea temer las situaciones negativas aquí no estamos para intentar que nadie se sienta mejor consigo mismo, sino para debatir sobre este deporte, y en el fútbol los que triunfan casi nunca son los que muestran esa humanidad de temblar ante la adversidad. Cada individuo, cada jugador, puede tener (y de hecho tiene, irremediablemente) sus dudas y sus temores, pero ante todo ha de sentirse arropado por un refugio basado en la fortaleza psicológica de un conjunto cobijado bajo el convencimiento inequívoco de que lo mejor está por venir, algo que refuerza al grupo y contribuye a levantar a los caídos.

Ahora, después de decir todo esto, habrá quien piense que una frase dicha a principios de año no puede tener toda la culpa de la mala temporada, y yo le respondo que por supuesto que no. Aparte de esto veo más problemas, como la baja de Carles Gil en invierno que inevitablemente provocó la pérdida del único jugador de la plantilla que, a falta de ver a Silva en esa posición, podía aportar algo jugando centrado en tres cuartos. También los innegables inconvenientes que supone renunciar a un jugador como Mosquera a saber por qué razón para dar protagonismo a un Didier Moreno que por muy voluntarioso que sea no cumple los mínimos para la categoría o, sobre todo, la habitual incapacidad de Natxo González para conseguir influir positivamente en los partidos con sus cambios, y el partido contra el Rayo Majadahonda fue un ejemplo perfecto de ello. La primera parte fue una declaración de intenciones del equipo de Antonio Iriondo, que desde el principio mostró la intención de hacer daño a los blanquiazules con una línea defensiva muy adelantada, presión intensa y aprovechar la velocidad de sus atacantes para ganarle la espalda a la defensa herculina. En ese contexto, en el que los madrileños consiguieron imponer su idea e incomodar al equipo local, no se intentó buscar en casi ningún momento los recursos que podrían haber dado un toque distinto al partido: aprovechar que esta vez había jugadores válidos para buscar mantener la posesión y ponerle pausa a un partido cuyo control se había escapado (siempre se buscó llegar rápido al área con unas prisas incomprensibles), permitiendo así crear espacios en las líneas rivales y a la vez que los jugadores deportivistas no perdieran su puesto para poder arropar mejor la salida de balón rival o explotar también la espalda de la defensa usando la velocidad de Quique o Nahuel. Se jugó a lo que quiso el Rayo sin ofrecer resistencia alguna.

Tampoco los cambios hoy fueron capaces de sumar nada, y si acaso consiguieron algo fue restar. La entrada de Vítor Silva por Vicente no aportó nada que se necesitara para cambiar el rumbo del partido y la salida de Pedro Sánchez fuera de posición para dar profundidad en el lateral en un momento en el que a todas luces hacía falta meter en el área a un rematados como Christian Santos me dejó también una sensación amarga. La rueda de prensa del técnico, de una cruda introspección, no dejó ningún lugar a la duda: el técnico vasco está superado por la situación desde hace varias jornadas y atentaría contra toda lógica que este no fuera su último encuentro. Ahora, aunque llegue un cambio en el banquillo, el reto es mayúsculo: ¿será posible cambiar un chip programado con instrucciones erróneas durante toda la temporada en sólo un puñado de partidos de importancia mayúscula? Ojalá sí. Y ojalá también se erradique para siempre de nuestro club, pues esta tolerancia hacia los resultados mediocres es algo endémico. Quizás la transformación de Gaizka Garitano desde la tristeza transmitida en Coruña hasta la solvencia mostrada en Bilbao, en un Athletic Club donde acercarse a los puestos de descenso nunca estuvo permitido, tenga un componente explicable en base a la clásica condescendencia coruñesa.
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1 abr. 2019

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El Dépor jugó bien en el Tartiere

 Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com
 
No me iré por las ramas antes de explicar convenientemente el título de este artículo: El Dépor jugó bien en el Tartiere, sí, pero la bondad de su juego le duró poco, muy poco. Exactamente el tiempo que estuvieron juntos sobre el verde los jugadores más capaces, de los que había disponibles, de aportar al bloque a la hora de crear superioridades en ataque. Cuando Vítor Silva salió al campo y pudo aliarse con Vicente y Carlos Fernández para efectuar una circulación efectiva en campo rival las sensaciones del equipo fueron muy diferentes a lo que habían sido el resto del encuentro. Quitando esos minutos entre la entrada de Silva y la salida de Carlos, el conjunto blanquiazul dejó sensación de ganas y voluntad, pero poco más.

Se volvía al rombo y el rombo exige cosas que han de estar muy claras cuando recurres a él. No dudo de que Natxo lo tiene presente, pero tampoco dudo de que quiere experimentar para ver si el sistema es compatible con añadidos que llevamos demasiados partidos viendo que no se van a dar, al menos no sin renunciar a todo lo demás. Juntar a Álex y Didier Moreno no es buena idea en un sistema en el que se hace necesario hacer circular el balón con precisión milimétrica para crear espacios en el esquema rival al carecer de extremos que abran campo, por mucho que partas de una idea de usar laterales profundos (además, tener a David Simón en la derecha dista mucho de un lateral profundo de utilidad real en ataque). A Moreno no se le puede reprochar nada, sus ganas en el campo son innegables, pero es un sumidero en la construcción y, más allá de eso, encontrarle siempre es complicado porque no suele estar en el sitio indicado: Vicente está mal y sufre más cuando se rodea de jugadores indisciplinados en el posicionamiento porque no encuentra apoyos, y ayer ni Didier ni Pedro supieron ser una ayuda. Al colombiano, se le vio lejos de la posición de apoyo incluso en los saques de banda de Simón.

En el caso de Pedro, puede verse su alineación ayer como la búsqueda de tener un enganche que funcionara en fase ofensiva como un tercer delantero para desequilibrar una zaga de tres centrales que puede ser más vulnerable a la diversificación de hombres a los que cubrir que al pase entre líneas, pero no funcionó. Y no funcionó precisamente porque se eliminó una etapa de la creación, la que lleva el balón desde el mediocampo hasta el penúltimo hombre. Hacer que Pedro diese un paso adelante provocó que Vicente, el único jugador capaz de contribuir en esa parcela de todos los que jugaron de titulares en el rombo, se viera ante un vacío zonal en el que tenía que afrontar sólo ante el peligro una tarea que ya de por sí no es su principal virtud. Ese nexo final hacia el peligro es la tarea en la que más se echa en falta al ausente Expósito.

Personalmente veo el planteamiento del rombo titular de ayer como una aberración lógica a la que sólo encuentro explicación si divido el problema y voy buscando razones jugador por jugador para ver por qué fueron alineados, pero el fútbol tiene que tener en cuenta contextos globales y no le encuentro razón alguna al once si pienso en ese sentido. Por supuesto que Natxo se la encontraría,es indudable que pensó en cómo acoplar las individualidades al plan, pero a mí se me escapa.

Vuelvo a ver como un sacrilegio el ostracismo de Mosquera en estas circunstancias. Por supuesto, siempre pueden buscarse motivos para sus continuadas ausencias si tenemos en mente el plan habitual del entrenador: No es un destructor puro y le gusta demasiado buscar el riesgo en el pase. A Natxo le gusta mantener las posesiones de manera pausada sin caer en los balones por alto que tanto suele buscar el centrocampista coruñés. El técnico prefiere el toque simple en las primeras fases de construcción y por eso opta por Bergantiños o Didier, que en un porcentaje altísimo de ocasiones pasarán al compañero más cercano, pero a pesar de ello sus errores no forzados en el pase son habituales y condenan la construcción de manera peligrosa o eliminan las potenciales ventajas a la jugada. Mosquera no es impecable, tiende también a ciertos errores en el pase, pero es mucho más aseado y desde luego creo que es el más idóneo para usar de medio defensivo si lo que se quiere es jugar a tener la iniciativa.

Sinceramente, por mucho que se puedan sacar conclusiones positivas del resultado de ayer, no veo motivo alguno para consolarse con el punto. Tampoco me gustó el empate en Malaga que fue valorado por algunos como un buen resultado (aunque sea cierto que con el contexto que se dio en el partido fue el menor de los males). La razón por la que no me gustaron ninguno de los dos resultados es simple: Cuando aspiras a ser dominador en una categoría, un empate sólo es una excusa para ir a por el gol, y un 1-0 es la confirmación de que las cosas van bien y de que hay que buscar afianzar esa superioridad amoldándose necesariamente al cambio de estrategia que buscará rival, pero sin dar pasos atrás más allá que los que una buena respuesta del contrincante obligue. Un equipo dominador debe salir al campo confiado de infundir miedo y que cada partido sea visto por un infierno por los rivales. Por supuesto que esto no es fácil y no se le debe exigir obligatoriamente a un equipo porque no es tan sencillo como simplemente intentarlo, pero el problema del Dépor es que al principio de la temporada lo consiguió y ahora se frustra en la impotencia de verse incapaz de ello porque la inmediatez de los momentos decisivos hicieron que apareciera el miedo al riesgo y ellos sólos fueron dejando morir esa condición. Desde hace demasiadas jornadas se le da un valor excesivo a no perder puntos y ganarlos pasa a ser secundario, actitud que no es propia de un equipo obligado a ser protagonista. La base de todo está en la seguridad atrás, es cierto, pero no encajar nunca debe ser el principal objetivo para un equipo que busque acabar en los primeros puestos, porque las porterías a cero no llevan al éxito si el equipo no es capaz de marcar, y a día de hoy el mal principal está en la pegada más que en área propia. Los empates que hoy nos parecen valiosos pueden transformarse muy rápido en dos puntos perdidos, pues si volvemos al ejemplo del Málaga lo cierto es que si la temporada acabase hoy para lo único que nos habría valido la igualada sería para quedar por debajo de un rival directo. Los partidos hay que verlos en su contexto y si el rival está atosigando hay que cambiar cosas, pero puedes buscar recuperar la iniciativa (cosa que ayer creo que sí se hizo) o rendirte a su merced deseando que no estén acertados (cosa que se hizo en La Rosaleda). Es el banquillo el que decide el mensaje a transmitir a los jugadores.

El panorama de cara al futuro inmediato es ahora una incógnita. No entro en debates sobre un posible cese del entrenador que no tengo nada claro que sea recomendable o no, mi única certeza es que en gran medida el fútbol se basa en poner a los mejores o a los que mejor están, y ya que nadie está para ganar un Balón de Oro últimamente en este equipo, la única opción válida es la de buscar enchufar a los teóricamente más válidos dándoles confianza. El rombo ideal, si lo que queremos es jugar a lo que este equipo demostró saber jugar, para mí no es otro que el que formarían Mosquera en el vértice defensivo, Vicente y Expósito en los interiores y Vítor Silva en la mediapunta. Todo lo que se salga de esa idea de aquí a final de temporada debería ser por exigencias del guión.

El Deportivo debe (y quiere, pero lleva meses sin encontrar las piezas necesarias para hacerlo) aspirar a jugar en campo rival todo el tiempo posible, tiene mimbres para hacerlo ahora que Carlos está recuperado. Es la manera de conseguir protección atrás y a la vez causar peligro mientras se gana la confianza perdida, la única forma de triunfar que se encontró en lo que va de temporada con una plantilla demasiado orientada a eso como para buscar otros planes o confiar en ese a medias. Es momento de confiar en la única idea que aportó algo y no negociarla.
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28 mar. 2019

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No habrá paz para el deportivismo

 Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com

Con motivo de ese programa de Informe Robinson sobre el Super Dépor que todos los seguidores del club coruñés esperamos con los brazos abiertos, estos días está muy latente un debate que en los últimos años se muestra como uno de los grandes problemas a la hora de hablar del equipo blanquiazul en redes: el de la paz social entre el deportivismo. Con motivo de este documental que supone el encuentro de pasado y presente del equipo hay quien ve el momento como una oportunidad de oro para enterrar hachas de guerra. No obstante, yo veo más que evidente que esto no va a entibiar ningún ambiente, como mucho lo caldeará más.
Es sencillo ver por qué pienso de esta manera. Hay que comprender que no entramos aquí en un debate sobre quién es más deportivista, no entran en juego factores de sentimiento futbolístico porque, aunque haya quien use el sentimiento como argumento, eso sería una riña absurda de patio de colegio que rápido caería en el olvido. Estamos ante una disputa más cruenta, en la que entran instintos mucho más sujetos de anquilosarse que la forma ajena de gestionar los sentimientos positivos: la forma de gestionar los sentimientos negativos. Es una lucha por tener razón, y cuando alguien busca demostrar su razón sólo encuentra enemigos. Hay quien, además de enemigos, encuentra argumentos de apoyo, pero cuando se topa con otras exposiciones opuestas e igualmente aptas se ve ante un hallazgo muy difícil de soportar, con lo que el camino elegido suele ser el de ocultarse a uno mismo detalles para ver la realidad con un enfoque absolutista e incapaz de introducir matices. No es algo que vaya nunca a mejor, siempre va a peor.
No estamos, como digo, ante una disyuntiva entre la forma de animar al equipo, sino ante la concepción del final de la era dorada del club. El conflicto entre los que ven a Tino como el responsable máximo del final de toda posibilidad de reverdecer los viejos laureles que a buen seguro regresarían con Lendoiro y los que tienen claro que esos viejos laureles estaban podridos de manera irremediable desde mucho antes del cambio de Consejo. Y es casi imposible que nadie que pertenezca a estos bandos cambie de opinión, porque todo nace de un recuerdo. Un recuerdo de un evento que se quedó en su punto concreto de nuestra historia sin mayor posibilidad de progresión. Para unos es un mal recuerdo que ya no puede mejorar y para otros un grato recuerdo que no puede empeorar.  El pasado se queda en la memoria de la manera en la que es fijado en su momento por su correspondiente presente y para que cambie necesita de estímulos demasiado fuertes que no suelen darse en quien se obceca en ello.
Quién se encuentra leyendo esto puede tener una duda razonable: ¿Cuál es la postura del que aquí escribe sobre este debate? Pues bien, mi postura se basa únicamente en ver que hay dos verdades ineludibles en todo esto: La primera es que si hoy tenemos un pasado digno de la envidia de muchos es gracias a la figura de Augusto César Lendoiro. La segunda es que si queremos tener un futuro, necesariamente hay que confiárselo a alguien sin que aparezca la beligerancia desde su mismo inicio, porque los humanos no son eternos por mucho que dejen un gran legado que les sostenga a lo largo de los años. Y no debemos juzgar el presente con vistas al pasado porque sólo habrá decepción, a día de hoy no nos haremos ningún favor.
Queda aceptar la situación de guerra con la mayor de las calmas y, quizás, también con la mayor de las indiferencias. Lo único que me gustaría es no olvidar que esto es un simple juego y que a mucha gente no le importan ni lo más mínimo las luchas ajenas por tener la razón, ya que cada uno tiene la suya y a menudo los intentos de otros por imponerse en ese ámbito son actos completamente ridículos. Pero esto no pasará, porque ya dije que no entramos en la lógica del raciocinio, sino en la de la pasión. Y cuando la pasión entra en el terreno del odio no se puede negociar, se enquista y todo aquel que no opina igual pasa a ser enemigo. ¿Quién tiene razón? Probablemente usted, estimado lector o estimada lectora. Ni dude de que usted está, con absoluta seguridad, en el bando correcto. Aunque creo que no es necesario que se lo diga: Estoy seguro de que ya no lo dudaba.

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23 mar. 2019

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La afición de Riazor no es el problema

 Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com

¿Alguna vez coincidieron con esa gente que va a un McDonald's y no recoge su bandeja jactándose de no hacerlo mientras espetan: "No voy a hacer el trabajo de otra persona cuando vengo aquí y pago"? ¿Alguna vez coincidieron con esa gente que trata a su pareja como basura y cuando al final la pareja se harta y termina la relación se lo toman muy a pecho y acaban reprochando de manera psicópata: "No tienes derecho a dejarme. ¡Yo te quería!"? Ambas son actitudes de persona que no sabe (o no quiere saber) lo que significan sus actos y actúa y reflexiona sobre ellos ajeno a la realidad, metido en su propia mentira. El primero no sabe que no está pagando por el servicio de mesa y que el dependiente no cobra por hacer lo que él no hace. Por ahorrarse dos míseros segundos de vida está perjudicando a un trabajador. En el segundo caso pues bueno, poco hay que explicar.

Parece que en la grada de Riazor estamos ante un fenómeno parecido. No quiero profundizar demasiado en el tema porque ya está más que tratado, pero  como veo a muchos tomándose como una afrenta que se hable de la grada como si alguien estuviera diciendo que esta sea la causante de todos los males de un equipo que tiene problemas muy graves más allá del ambiente al que se enfrenta en su propia casa habrá que dedicarle a esto unas últimas líneas.

No, la afición de Riazor no es el problema. Es más que evidente que nadie quiere decir eso. Y todo el mundo tiene derecho a expresar su opinión como le venga en gana, faltaría más, igual que todo el mundo tiene derecho a no recoger su bandeja en el McDonald's. Pero, por favor, sin victimismos y sin estar ajenos a la realidad de lo que conlleva. Si haces algo que a todas luces tiene una repercusión negativa en otras personas, afróntalo con dignidad y sin crearte una coartada en el falso victimismo como en los dos ejemplos que puse al principio. Es evidente lo que se quiere decir cuando se habla de la afición, es evidente que si desde dentro lo llevan mencionando desde que se atisba esta beligerancia es porque realmente afecta y no como excusa (aunque pueda servir en parte como coartada) y es evidente, sobre todo, que yo no soy nadie para decirle a nadie lo que tiene que hacer. Sinceramente, en este tema me quedo en el bando de los RB, el de apoyar e intentar sumar para que a final de temporada nadie pueda reprochar nada. Y sí, si el objetivo exigible se escapa todos sabemos que los máximos responsables no serán los 16000 de todos los fines de semana, pero es que vuelve a ser algo tan evidente que me da hasta cierto reparo tener que decirlo.

Y, quien no quiera entender, que no entienda
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