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31 oct 2020

El portero histórico al que preguntaron por su propio partido


En febrero de 2015, en la víspera del derby de Merseyside que se disputaría unos días después en Goodison Park, el reportero de la BBC Stuart Flinders salió a la calle a preguntar a transeuntes de cierta edad si recordaban el Everton - Liverpool de FA Cup que se disputó en ese mismo estadio el 11 de marzo de 1967.

Mientras Flinders realizaba su trabajo se encontró en su camino con un hombre de unos setenta años y, pensando que era un candidato ideal, se detuvo a hablar con él. El hombre respondió a la primera pregunta del periodista con un dato que este nunca se habría esperado:

 —Me preguntaba si recuerda el derby de 1967 en la quinta ronda de la FA Cup

—Claro. Lo jugué

El reportero estaba entrevistando ni más ni menos que al portero titular del Liverpool en aquel encuentro, Tommy Lawrence, que visiblemente ilusionado le narró sus recuerdos de aquel partido mientras Flinders le hacía más preguntas con notable emoción por la casualidad.

 



El ex futbolista, que por aquel entonces tenía 74 años, fue el ocupante habitual de la portería del Liverpool de Shankly durante la década de los 60 y vistió (en casi 400 encuentros) los colores del club red durante más de una década, entre 1957 y 1971, año en el que se fue a los Tranmere Rovers para retirarse tres temporadas después.

Lawrence en su etapa como portero del Liverpool

Lawrence fue, a instancias de Shankly, un portero adelantado a su tiempo. El rol que jugaba bajo las órdenes del emblemático entrenador red era el de tender a posicionarse (como es bastante común en algunas pizarras modernas) más alejado de la portería de lo que era habitual en aquella época, situándose en una posición que le permitiera apoyar a los defensas en el corte de ataques rivales antes de acercarse a su meta y facilitando la presión adelantada de su equipo.

El portero se perdió tan solo un puñado de partidos de liga entre 1963 y 1969, años en los que fue indiscutible antes de perder la titularidad en favor de un joven Ray Clemence que daba sus primeros pasos antes de convertirse en la leyenda del club que acabaría siendo.

Lawrence se retiró en 1974 para volver a trabajar en la fábrica de cable de Warrington de la que su contrato con el Liverpool le había sacado con tan solo 17 años y se apartó de las luces del fútbol para siempre, o al menos hasta que algo más de 40 años después una casual entrevista recordó su nombre e historia a los aficionados ingleses. Lawrence falleció poco después, en 2018, recibiendo el homenaje de Anfield en la previa de un partido de Premier contra el City el 14 de enero de ese año.



10 jun 2019

¡Canten, putos, canten!


Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com
Luz. Llamas. Ruido. Cánticos. Euforia. Riazor tuvo todo eso el pasado sábado después del último partido de su liga regular y lo tuvo porque pudo y porque quiso. Más allá de que no hubiera ningún ascenso que celebrar todavía, los allí presentes nos recreamos en lo único que tenemos por ahora, que es a la vez lo máximo que podíamos tener: seguir vivos aspirando a conseguir el objetivo del ascenso. El acto salió de una mezcla entre la espontaneidad y el preparativo previo y fue recibido con cierto rechazo por una parte de la afición, pero yo creo que fue algo de lo que sólo se pueden sacar cosas positivas. Superado un escollo que hace sólo unas semanas parecía imposible, es momento de aprovechar la buena ola y no poner freno a la euforia, porque la euforia por sí misma no es mala. Si se consigue que no provoque un alejamiento de la realidad es un valor añadido.

Esta misma temporada fue un claro ejemplo de los beneficios que una euforia bien gestionada puede dar. Lo vimos en la Champions, donde, en medio de esa histriónica atmósfera que siempre rodea a Klopp, el Liverpool venció sobre el agarrotamiento de la obligación que suponía el cetro europeo para equipos como City o Barcelona, que se quedaron por el camino con una sensación de decepción notable. Pero también se vio en nuestra propia categoría con Osasuna, campeón con el que pocos contaban y que se hizo fuerte consiguiendo el compromiso de una afición que desde que empezó a verse con opciones supo que no había nada que perder y transmitir ese sentimiento al equipo. Y es que la euforia es eso, ser consciente de que una derrota no es el fin del mundo y que el fútbol está hecho para ilusionarse con las grandes victorias.
 
El fútbol, en resumen, es creer, crear, criar... Creer porque la creencia nos lleva a despertarnos cada domingo esperando al menos un gol más en el lado de nuestro escudo que en el del rival en el marcador al final del partido. Crear porque cada partido es una forma de creación, de mostrar al mundo la capacidad de un conjunto. Y criar, por supuesto, porque no existe mejor medio para formar a las nuevas generaciones que un juego, los juegos son como la vida. Hay malos, hay buenos, hay lealtades, éxitos y fracasos. El fútbol se filtra en cada uno de los huecos de la mente del niño que va a ver a su equipo, y a un niño no lo puedes criar en la obligación del éxito porque eso es irreal y sólo crea frustración. La ilusión de la euforia controlada, la emoción por cada victoria y la aceptación de la derrota como el inicio de un nuevo ciclo hasta el siguiente partido en vez de como el fin del mundo. Eso es este deporte y eso demostró entender Riazor hace unos días.
 
La euforia no es mala mientras los pies estén en el suelo. La buena euforia conduce a los éxitos de la misma forma que la frustrante obligación conduce a los fracasos. Ese Liverpool de Klopp del que ya hablé y que vive en la euforia constante es el perfecto ejemplo. Incluso en el peor de los casos, me gustaría que tuviésemos en la cabeza esa imagen de Mohamed Salah desolado hace poco más de un año. Porque esa imagen, una imagen que podría parecer de fracaso, no lo es. Esa imagen es la imagen de un futuro éxito, un éxito que se produjo tan solo un año después. Tanto esa falsa noción de fracaso (ser el segundo equipo de Europa no lo es) como el éxito posterior tuvieron un denominador común: Creer. Porque cuando crees puedes ganar o puedes perder, pero cuando te obligas y te generas urgencia no hay alegría posible porque ganar es lo normal y la derrota es una debacle que hace temblar las piernas mientras compites. No hay ilusión porque no puedes conseguir nada, sólo hay miedo por perder lo que necesitas para poder sobrevivir.

No hay motivos reales para el pesimismo. Si analizamos nuestra situación, es cierto que tenemos ese leve handicap que haría que antes de unos hipotéticos penaltis estuviéramos eliminados. No nos importa. ¿Cuántos partidos históricos de nuestro Deportivo nos engrandecieron en los penaltis? No somos de esos, nosotros mejor que nadie tenemos grabado a fuego un dogma incuestionable: nuestra grandeza no debe volver a depender de un penalti, nunca más. Olvidemos las obligaciones y creamos que es posible, porque si el año que viene no estamos en primera seguiremos teniendo esa imagen de un desolado Salah hace 12 meses y la satisfacción de saber cómo continua esa historia un año más tarde. Mientras todo está en el aire hasta que el tercero en discordia del ascenso se decida en esa mágica noche de San Juan en la que en Coruña somos omnipotentes, sólo cabe recordar las palabras que un sabio nos dedicó en tiempos pretéritos: ¡Canten, putos, canten!

25 oct 2017

Fútbol Desastre: El larguero contra Ronny Rosenthal



En esta nueva sección dedicaremos el tiempo a repasar los grandes errores  de la historia del deporte rey, tanto dentro como fuera del campo. Para estrenarla, qué mejor que recurrir a uno de los grandes fallos a puerta vacía de la historia reciente del fútbol europeo.

Ronny Rosenthal fue un delantero israelí de dilatada carrera en el fútbol inglés de los 90, principalmente recordado por su etapa en el Liverpool. Fue precisamente mientras defendía los colores del club red cuando protagonizó un error que le perseguiría para siempre: era septiembre del año 1992 y un Liverpool que no funcionaba del todo bien se enfrentaba a uno de los mejores Aston Villa de las últimas décadas en Villa Park. El encuentro terminó con un contundente 4-2 para los locales, pero lo más recordado del partido no fue el resultado, sino una acción puntual que fue muy celebrada por la afición del club de Birmingham.

Con el marcador ya en contra para el Liverpool, el portero David James envió un balón largo hacia Rosenthal que el israelí consiguió alcanzar gracias a un fallo defensivo del central rival y dar un toque preciso para sortear la salida del portero, lo que le dejaba solo ante la meta libre. Sólo le quedaba dar un suave toque para que el esférico entrara y recortar distancias, pero en lugar de eso la lanzó al larguero y salió rebotada hacia fuera. En los últimos minutos del enfrentamiento Rosenthal conseguiría anotar un gol, pero sería ya demasiado tarde y sólo serviría para maquillar levemente la derrota.

Al menos no se puede decir que el ex futbolista se arrepienta de aquello, pues en unas declaraciones recientes manifestó su alegría por aquel suceso debido a que le permitió 'no caer en el olvido'.