Juego de tronos
Las rivalidades necesitan de líderes. Líderes que guíen a sus bandos de forma certera, inquebrantable, pero, sobre todo, sabia. La guerra debe ser un lugar hostil, un emplazamiento en el que la vida está en riesgo y el juego sucio está permitido. Pero el fútbol no es la guerra, el fútbol sirve para algo. El deporte rey ejemplifica lo que es una batalla entre dos fuerzas opuestas. Es una pelea táctica de soldados a las órdenes de su teniente.Un ajedrez trasladado al mundo real, con demasiados peones deseando ser caballeros y muy pocos caballeros dispuestos a comportarse como peones. Dentro de este tablero prevalecen dos figuras: las de los reyes. Personajes intocables para todos, protegidos con la sangre de los suyos y respetados hasta el extremo por los contrarios. Nadie se atreve a cuestionar su mando.
Hay, por otra parte, rivalidades futbolísticas demasiado arraigadas. Odios que llegan a empañar el raciocinio y se convierten en algo que algunos toman por una pelea de gallos, una competición por ver quién demuestra
ser el justiciero del contrario y enardece más al hooliganismo local. En otras palabras, es imposible que dentro de una rivalidad no aparezca gente que se lo toma de forma equivocada, e intenta convertirse en el baluarte de una inútil y poco inteligente cruzada contra el contrario. Esta situación es totalmente aplicable al derby gallego, en el que trataré centrar todo esto.En cada época, en la rivalidad Depor - Celta siempre hubo salidas de tiesto. Jugadores que quisieron jugar a ser reyes de la forma equivocada, de la forma que sólo los malos intérpretes del poder saben: la descalificación al otro bando. ¿Cómo olvidar el recuerdo que dedicó Scaloni al Celta en plena celebración de la Liga conseguida en el 2000? Algo que fue muy criticado en su día por la parroquia celtista, pero que se repitió a la inversa el pasado año mientras el Celta celebraba su ascenso.
El que reina es aquel que no necesita más que aparecer ante los suyos para que todo a su alrededor se silencie a la espera de lo que tiene que decir porque saben que merecerá la pena escucharlo. Es aquel que no sólo busca la solución de sus errores, sino también la de los de sus compañeros. Y sobre todo es aquel que respeta al rival, porque sabe que la provocación es un arma de doble filo. Sabe que sentir uno colores no es más que el fruto de la casualidad. Por mucho que esté en la naturaleza humana creerse especial, hasta el deportivista o celtista más acérrimo sería del otro equipo si naciese en la ciudad contraria, por mucho que duela. Un rey sabe que no debe fomentar el odio, ya que quienes lo fomentan no son conscientes de
Iago Aspas no es el estandarte del celtismo, es simplemente su estrella, algo que no tiene por qué ser sinónimo de reinado. Cada una de las figuras del tablero posee un signo distintivo, pero el rey auna los de todos. Debe ser líder, pero también capaz de aportar el trabajo de un peón, la nobleza del caballero, la diplomacia del alfil y la contundencia de la torre, y el Celta posee esa figura. Al igual que el Deportivo tiene a Juan Carlos Valerón, en Vigo tienen a otro jugador del que ningún deportivista de bien sería capaz de catalogar con malas palabras. Ese hombre se llama Borja Oubiña y no debería haber ninguna duda sobre su condición de símbolo.
















