15 nov. 2012

La Divina Tragicomedia

 Por Rubén López | ruben@futbolconpropiedad.com

1 - Entrada al Infierno


No era aquel el lugar adecuado para ese momento de la tarde de domingo. En aquella grada fría  y ya sin los gritos de aliento humano que dotan de alma a la gigante estructura de cemento que sirve como estadio me vi caer sin previo aviso en un mundo que no conocía. Bajé, guiado por una fuerza que me arrastró, a un lugar al que no sabía llegar, un lugar en el que nada era lo que parecía y todo contrastaba con la realidad establecida. Era un mundo que no lograba identificar, en un rincón del subconsciente colectivo. Aquella fuerza hablaba, y dijo que aquello era su infierno, el infierno en el que habían convertido su existencia.

2 - Conociendo el nuevo mundo


Fútbol, me dijo que se llamaba, y creía conocerlo bien. No obstante, aquella fuerza se presentó como algo totalmente irreconocible y con evidentes síntomas de cansancio. Decía sentirse agotado, vivía a duras penas en el hábitat natural de mosquitos voraces, que chupaban su sangre de manera incansable, sin dejarle ni un sólo momento de descanso. Aquellos molestos parásitos le picaban continuamente en mi presencia, alternándose pero sin saciarse. Lo noté enfermo y roto por la vida, sin apenas ayudas y con demasiadas trabas en su camino. Quería enseñarme las enfermedades que le transmitían aquellos entes en forma de insectos, que más que enfermedades eran pecados.

Después de las presentaciones todavía me sentía extraño. No sabía identificar qué era aquello, a pesar de que lo estaba viendo. No era un individuo, sino que era un ente. No sabría explicar cómo lo veía, pero aquel ser que decía ser un deporte estaba ante mí y podía reconocerlo. Me dijo que él no podía tener cuerpo, ya que se extendía por todo aquel incógnito mundo. Dijo que quería que conociese todo lo que pasaba allí, y explicó que necesitaría un transporte para tal fin. En aquel vasto nuevo universo era imprescindible tener algo que me trasladase, para que pudiese ver todos sus lugares. Me dijo que no me preocupase, el lugar en el que nos encontrábamos desde nuestra llegada ya era el vehículo.


3 - Primera Habitación: La lujuria


Me dijo que me guiaría por todas las habitaciones. En ellas trababa de mantener a raya sus enfermedades aislándolas entre cuatro paredes, pero era en vano. Aquellos recintos estaban también dentro de su mundo, y existían además focos de propagación ajenos a ellos. Dijo que al menos aquellas estancias estaban inmunizadas y los agentes patógenos eran incapaces de actuar allí, y servirían además para enseñarme su sufrimiento. Entramos en la primera habitación, que tenía la palabra 'lujuria' escrita en la puerta. Al entrar un extraño ambiente caldeado llegó a mis sentidos. Aquello era enfermizo, y no había nada que pudiese hacer para escapar. La puerta que acababa de dejar a mi espalda desapareció al cerrarla, y sólo veía, a lo lejos, un pórtico que permitía el paso a otro indefinido lugar. En mitad del camino hacia él, numerosos personajes infrahumanamente delgados, de cuerpo definido y caras tapadas con macabras máscaras, buscaban ocultar su identidad con sentimiento de culpa. Se movían de forma rítmica, intentando atraernos hacia ellos, intentando convencernos de que debíamos quedarnos allí. Me sorprendí al ver que había algo que les impedía tocarse entre ellos, a pesar de que parecía que era lo único que querían hacer.

Mi guía me dijo que lo que estaba viendo era sólo el principio. Aquella enfermedad era desagradable, pero no dolía. Le desagradaba porque le hacía perder su esencia. Aquella enfermedad le hacía enlazarse con otros entes ajenos a él. Me explicó que quienes lo manejaban valiéndose de sus enfermedades le hacían unirse a nuevas fórmulas con el objetivo de nuevas formas de riqueza, pero estaban descomponiendo su genética por completo. Me decía que ya no se reconocía cuando pensaba en los días pasados. No veía ya la ilusión en quien lo manejaba, sino simplemente el deseo. Un deseo que no era para nada sano. Se lamentaba, decía, porque había nacido para entretener, y no para ser un medio de enriquecimiento. 

Dejamos atrás aquel esperpento no sin antes reprimir las ganas de gritar y desaparecer cuanto antes, temiendo lo que esperaba más adelante.


4 - Segunda Habitación: La gula


Llegamos al pórtico y vi que no había más camino que seguir adelante. Tras aquella experiencia traumática hubiera deseado salir inmediatamente de allí, pero no era posible. Desembocamos a una nueva puerta, con una nueva inscripción: 'gula'. Mi acompañante me dijo que aquella estancia no era tan desagradable, pero resultaba muy dañina para él.

Cuando entramos allí sólo había pupitres y gente tratando de hablar, pero sus bocas no emitían ningún sonido. Algunos intentaban escribir, pero ninguno de sus bolígrafos funcionaba. Era una pesadilla asocial dentro de una microsociedad. Aquellos hombres parecían odiarse entre ellos, pero a la vez se comprendían mutuamente. El guía me dijo que, liberados, aquellos seres se encargaban de alimentarse de su existencia. Inventaban historias sobre él para crearse alimento, y buscaban crear enfrentamientos con los que nutrirse en un futuro. Eran las ovejas negras de una especie que por naturaleza nunca había sido perjudicial, pero que en un determinado momento de su historia mutó por completo. Por suerte todavía existía la rama buena de su género, pero los que allí se encontraban pertenecían a los más oscuros. Eran buscadores de alimento voraces, trabajaban por y para crear su comida, y no les importaba que los medios utilizados para ello fuesen rastreros. Les encantaba alimentarse rápido y mal, quitando incluso la comida de la boca al prójimo. Era una selva acivilizada. 

Mientras nos acercábamos a la salida me limitaba a asentir y miraba atónito cómo nadie se daba cuenta de nuestra presencia. Parecían absortos en una lucha por ser el primero en obtener el don del habla.


5 - Tercera Habitación: La pereza


Cuando atravesamos la siguiente puerta advertí un cartel blanco que anunciaba que entraríamos en el compartimento dedicado a la 'pereza'. Abrimos la puerta y un ambiente cargado invadió todo a nuestro alrededor. Esta nueva cámara era inusualmente larga, y debíamos pasar a toda prisa, pues el suelo era una gran cinta en movimiento, que obligaba a quien se posaba en ella a moverse. Nos pusimos en marcha con agilidad, intentando sortear a unos pobladores rechonchos y pequeños que se encontraban por todas partes arañando las paredes para salir de allí en un sufrimiento chirriante. Aquello era insoportable, y en cierta medida me habría gustado regresar al silencio de la anterior sala. 

Me dijo que aquello, más que una patología, era lo que provocaba que las padeciera. Aquella 'pereza' provocaba que quienes podían hacer algo por evitar todo su sufrimiento mirasen para otro lado. Explicaba que todo aquello podría solucionarse con un mínimo interés, pero que imperaba la ley del mínimo esfuerzo. En su mundo se buscaba el beneficio de unos pocos poderosos y se dejaba a los pequeños buscarse la vida entre bestias. Se alimentaba al gigante y se aplastaba al pequeño. Hacían falta cambios, pero la maquinaria estaba engranada para hacer lo que hacía, y cambiarla resultaba incómodo. Desviar la atención y dejarle sufrir era más agradable para quien podía hacer algo. Le vi sufrir y aceleré el paso para llegar cuanto antes a la siguiente estancia.

6 - Cuarta Habitación: La ira



Al llegar allí encontramos algo dantesco. Numerosos y anchos seres se encontraban en el suelo, forcejeando de forma furiosa por salir de unas ataduras que les inmovilizaban los brazos y las piernas. Eran camisas de fuerza que se prolongaban hasta llegar a la nariz, cubriéndoles la boca e impidiéndoles emitir sonido alguno. Temí por un momento que pudiesen liberarse y venir hacia nosotros, ya que por sus expresiones no parecían para nada dispuestos a hacer algo que no desembocara en destrucción.

Mi abstracto orientador me narró la nueva historia, diciéndome que en esta nueva estancia se encontraba algo muy destructivo. algo que llevaba a la gente a utilizarlo como forma de enfrentamiento, como excusa para lo inhumano. Ese patógeno era difícilmente erradicable, ya que nacía del odio, y el odio es algo elemental, que no tiene raíz que sacar, pues es la raíz en sí misma. Aquel odio hacía menguar toda esperanza de crecimiento para él y le traía una sensación de inseguridad hacia sí mismo. Lo más grave es que afectaba también a quienes se encontraban fuera del lugar.

Mientras me hablaba comprobé sorprendido que allí sonaba una música de la que no me había dado cuenta por mi sorpresa inicial. Era un sonido estridente e insoportable, que hería profundamente. Una vez se introdujo en mi oído supliqué avanzar y dejar atrás aquella pesadilla.

7 - Quinta Habitación: La envidia


Cuando llegamos a un nuevo territorio advertí que no había puerta y que en su lugar había un enorme hueco irregular, como si alguien la hubiese arrancado de forma salvaje. Un letrero en el suelo decía que entrábamos en una nueva estación, 'envidia'. Al introducirme por el gran desconchado me quedé paralizado. Allí estaba la puerta, fabricada completamente en oro macizo y contrastando de forma evidente con unas paredes podridas de humedad, en manos de un sujeto gigantesco, rodeado por multitud de individuos ridículamente más pequeños que forcejeaban entre ellos por llegar a hacerse con aquel brillante objeto. Resultaba un espectáculo incomprensible, ya que aquella puerta era enorme para el tamaño de aquellos pequeños personajes, pero todos parecían querer lo mismo y se apiñaban a su alrededor, impidiéndose mutuamente alcanzar su meta. La única opción que tenían era cooperar para arrebatarle el preciado tesoro a su dueño, pero parecían quererla sólo para sí mismos.

Sentía ya verdadera lástima por mi acompañante mientras me contaba que en esta habitación encerraba algo destructivo. Algo que hacía que la gente que controlaba su mundo tuviese miedo del talento. Hacía que los que mandaban se rodeasen de gente mediocre por pánico de que alguien sobresaliente les arrebatase su sitio privilegiado. Hacía que el colectivo funcionase mal para que las individualidades pudiesen vivir bien. Creaba desigualdades que debían ser aceptadas por todo aquel que quisiera pertenecer a aquel lugar bajo riesgo de ser expulsado. En definitiva, entorpecía su existencia.

8 - Sexta Habitación: La soberbia


Avanzamos y tuvimos que agacharnos. Si la anterior estancia era enorme, ahora estábamos ante un nuevo recinto diminuto, lleno de sujetos que a duras penas cogían en aquel lugar, amontonándose y sin dejar sitio los unos a los otros. esta vez no había sólo un cartel, sino infinidad de ellos. En las vestimentas de todos los presentes lucía una palabra: 'soberbia', que todos se esforzaban por tapar en vano.

Mientras avanzábamos apartando con nuestras manos a los allí presentes mi conductor me explicó que cada vez era más difícil llegar a la gente de su mundo. Aquella enfermedad llevaba a los individuos a crearse una fama de dioses que llevaban a cuestas continuamente. Los que vivían fuera no podían acercarse más de la cuenta y eran ninguneados. Ni siquiera estaba permitido para aquella élite de ese planeta aparte hablar públicamente más de la cuenta. Vivían en una burbuja intocable, como si fuesen superiores al resto. Acabó su narración justo en el instante en el que llegábamos al final de la sala.

En aquel momento el desilusionado ente que me acompañaba llevaba ya la cabeza gacha y expresion lastimada. Iba pensando en que todavía quedaba por llegar lo peor.

9 - Septima Habitación: La avaricia


Antes de entrar me señaló el cartel que daba nombre a la que, si mis cuentas no me fallaban, era el séptimo lugar: 'avaricia'. Me dijo que era el último cuarto que visitaría antes de volver a mi mundo, y que me preparase, pues aquello era lo que más sufrimiento le producía. 

Al entrar todo estaba en calma. La sala era grande, inmensa, pero no había nada más que hombres corrientes. Me sorprendió ver que por primera vez desde mi llegada a aquel mundo lo que veía eran personas de apariencia normal, pero completamente inmóviles, casi sin vida. Mi eventual compañero entró más tarde, y vi que todos los allí presentes cambiaron radicalmente y se abalanzaron sobre él. No obstante no le pilló por sorpresa, y de forma sorprendente se convirtió en algo incorpóreo, que todos parecíamos ver pero nadie podía tocar. Explicó la última historia en alto, y retumbó en las cuatro paredes.

Dijo que aquello era más de lo que podía soportar. Lo que había encerrado en aquel gran salón lo trataba como un simple instrumento. Aquello estrujaba al máximo su esencia para sacar partido de ella. Me pidió que explicara por qué eso a lo que llamaban dinero era tan valioso fuera de allí, y por qué lo imponían sobre todas las cosas. Por qué permitían que aquellos que no tenían nada que ver con su mundo impusiesen las ideas que les convenían a cambio del lucro de unos pocos. No podía aguantar la visión de todos sus principios siendo vendidos al mejor postor, y mucho menos ver como algunos se desangran en su existencia mientras los privilegiados nadan en la abundancia. Era un misterio para él qué atractivo puede tener para alguien crear una competición en la que la mayoría sean incapaces de competir por la desigualdad. Y con estas palabras se quedó callado hasta que, un buen rato más tarde llegamos al final de todo.

10 - Saliendo del Infierno


Nos dimos de bruces contra una puerta que dejaba claramente ver las letras de 'salida'. El acompañante se detuvo y me dijo que hasta ahí llegaba el paseo. No sabía si iba a servir de algo todo lo que me había enseñado, pero necesitaba que alguien supiera aquello. Me dijo que al salir por aquella puerta vería quién era en realidad, ya que aquel ente indescriptible que me había hecho compañía no era más que una representación de su ego. Se evaporó delante de mí mientras me incitaba a abrir aquella última puerta y despedirme de aquel lugar para siempre.
Cuando salí me dí cuenta con asombro de donde estaba. Me encontraba en un barco enorme,  y sólo me rodeaba una vasta extensión de agua. Un agua opaca, donde sólo se veía la superficie, sin dejar ver el fondo. Un fondo en el que se escondía la esencia de todo aquello, oculta e inundada por la miseria de quien no sabe ver más allá.

Volví en mí en aquella grada donde empezó todo, y me sentí más frío de lo que estaba antes. Salí de allí con la sensación de que sabía más que antes, pero realmente mis conocimientos eran los mismos.

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