21 jul 2020

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Y parece que aún fue ayer

Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com


Pertenezco a la generación que creció aprendiendo sólo a ganar. A esa generación que vivió una época en la que sólo había un equipo en la ciudad y en la que lucir una camiseta de fútbol sin rayas blancas y azules era poco menos que un sacrilegio. A nosotros, incluso, nos tuvieron que contar cómo se vivió el mayor jarro de agua fría que experimentó nuestra grada en las últimas décadas, pues aunque en aquel entonces ya estábamos vivos todavía no entendíamos muy bien lo que era un penalti ni por qué todos se entristecían cuando el jugador que lo lanzaba no metía el balón en la red.

Somos la gente que no supo que el fútbol tenía dos caras hasta que la menos amable se manifestó. Escuchábamos historias de otros tiempos, pero aquello había quedado atrás, eran historias de los abuelos y nosotros habíamos llegado para vivir otra cosa. Sólo el tiempo evidenció que eso no era así. Lo cierto es que parece que fue ayer cuando hablábamos de cosas muy diferentes a esas de las que hablamos hoy. No tengo la noción de que haya pasado tanto tiempo desde que Coruña podía celebrar cosas que sucedían en una hectárea de tapete verde, pero supongo que será porque aquellos tiempos se quedaron mejor grabados en la memoria que los recientes, tan dignos de olvido.

Soy de la idea de que el fútbol crece con nosotros y se convierte en una parte de lo que somos. Es cierto que en una misma grada hay múltiples personalidades, incluso gente que se odia o desprecia, pero existe también una cierta influencia común que se forma enfrentando las sensaciones que transmite el devenir del escudo. Las aficiones tienen un alma común moldeada por su equipo. A mí, por lo general, no me gusta el concepto pertenencia a grupos y nunca reconoceré tener nada en común con nadie por el mero hecho de compartir un rasgo, pero no deja de ser cierto que el deportivismo, como cualquier otra afición, presenta en su globalidad una serie de características generales que se va forjando en base a los estímulos transmitidos en el césped (o incluso en los despachos que manejan lo que allí ocure). Ese equilibrio entre emociones transmitidas por la realidad del equipo se hacen parte de nosotros y ocupan un ínfimo porcentaje de lo que somos, pero que está ahí. La importancia de un balón se resume en ese 0.00000001% de nosotros.

Sinceramente, a los que nacimos cuando yo nací todo lo bueno nos pilló demasiado jóvenes como para entender realmente lo que era y en nuestra entrada en la vida adulta nos tocó aprender a fuego y a golpes la lección de que la caída se hace mucho más lenta que la subida, pero eso nos sirvió para grabar en nuestra cabeza que uno nunca se puede desvincular de su club cuando realmente es suyo. Algunos de los nuestros nos dejaron por el camino y lucen ya otras camisetas o incluso la expresión de la indiferencia ante todo lo blanco y azul, pero nadie obliga a nadie a seguir aquí. Los que quedamos, que somos muchos a pesar de todo, somos aquellos para los que este escudo se convirtió en una parte inseparable de nosotros y supimos perdonar que nuestro club ya no nos permita aprender geografía europea cada miércoles. No nos tocó la mejor era posible, pero esta es la nuestra y este es nuestro club. Un club muy diferente al que conocimos cuando estábamos empezando a conocer cosas, un club que nos destrozaron y abandonaron a su suerte, pero si algo aprendimos mientras tanto es que los de siempre estamos por encima de todo lo demás. Y volveremos. No sé a donde, creo que ni siquiera tenemos un lugar al que regresar porque a día de hoy todo es muy diferente a lo que existía cuando estábamos en un sitio que reconocíamos como nuestro, pero creo inevitable que volvamos a saber encontrar el hueco que nos corresponde. Necesitamos dormir y necesitamos pensar, pero el camino a seguir a partir de ahora es el que siempre seguimos: Quien no esté con nosotros, que no moleste.

No sé qué tiempos nos esperan ahora que la realidad está fuera del fútbol profesional y no sé cómo conseguiremos gestionar el golpe cuando nos demos cuenta de lo que implica. Creemos que somos conscientes de lo que acaba de ocurrir, pero no lo somos. Tenemos ante nosotros un camino oscuro del que ni siquiera vemos la primera curva y es bastante probable que nos perdamos más pronto que tarde. Podría hablar sobre las formas en las que nos dejaron fuera de esta competencia, pero no ganaría nada. Ya no. No creo que haya sido un final justo y no creo que deba aceptarse sin más, pero tampoco creo que nada vaya a cambiar porque estamos acostumbrados a que nada cambie a mejor y ya no lo esperamos. No nos queda más que seguir comprendiendo el fútbol de la manera que lo comprendemos y esperar a que las cosas sean diferentes en algún momento. En la categoría que toque, el apego por el escudo sigue intacto.

El fútbol, en lo anímico, tiene sus paralelismos con la música. Aunque no es un arte, también se consume en parte por lo que transmite, sea alegría o tristeza, y es curioso que, existiendo tanta música como existe, la esencia de este club esté encerrada como en ningún otro sitio en un grupo muy ligado a él. Nadie expresa la belleza del fracaso como Los Suaves, y son Los Suaves los que con esa forma de musicar la vida ponen banda sonora involuntaria a todo lo que vive el deportivismo desde tiempos inmemoriales. Porque el fracaso nunca es bello, pero su narración sí puede serlo:

Cuántas ilusiones
 traje a este mundo al reves,
que perdiendo una al día 
creo que aun me quedan dos o tres.
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2 comentarios:

  1. Ojalá volvamos a disfrutar de esos "derbis" entre mi Sporting y tu Deportivo.Y si "ye" en primera mucho mejor.Suerte en esi demencial castigu y que os sea leve.Animo compañeru.

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    1. Muchas gracias, esperemos que ese enfrentamiento en primera esté mucho más cerca de lo que parece

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