20 feb. 2013

Jack Wilshere y el fútbol romántico

Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com

Jack Wilshere es un futbolista en peligro de extinción. Todo cuanto es y le rodea tiene tintes clásicos a pesar de su insultante juventud. Mucho más allá de sus exhibiciones en el campo, lo que resulta chocante es su filosofía en alguien de su edad, o incluso de cualquier edad dentro de este fútbol en el que sólo importa una cosa.

Cuando salta al campo deslumbra. Utiliza el balón como si fuese un apéndice de su propio cuerpo y hace increíblemente difícil que alguien sea capaz de quitárselo. Trabaja con un pundonor impropio de un futbolista de su pequeña altura, maneja los tiempos de su equipo, decide cómo y cuando sus compañeros tienen que ir a por el gol y cuando deben calmar el esférico y esperar los espacios. En definitiva, su presencia crea un equipo a su antojo, que es a la vez el antojo de Wenger, un entrenador que sabe que sus pupilos deben bailar al ritmo de su número 10 para conseguir el éxito. Nadie va a descubrir a estas alturas las bondades del juego de esta promesa que ya es una realidad que progresa día a día. Sus impresionantes dotes siempre llevaron a sobrevalorar su presente, pero lesiones aparte progresa más que adecuadamente para no quedarse en el camino. Y es en gran medida gracias a su forma de actuar, a su código ético.

El simple hecho de llegar a los 9 años a la cantera de un club como el Arsenal ya es un hecho diferencial. Desde muy joven fue moldeado para ser importante, y se vio que su talento sería clave para el futuro de uno de los clubes del mundo que más importancia da a sus jóvenes. Siempre fue el niño mimado, y a los 16 años se convirtió en el jugador más joven de la historia en debutar con el Arsenal, captando la atención de todo el mundo del fútbol. Prometía y su intención era no decepcionar.

Hasta hace pocos meses, Wilshere estaba en su peor época. Llevaba más de un año lastrado por lesiones inoportunas que incluso hacían temer por su carrera, pero finalmente pudo superarlas y volver a vestirse de corto con intención de quedarse así durante mucho tiempo. Su vuelta se antojaba como algo a tomarse con calma, sin forzar la máquina y con consciencia del riesgo de una recaída, pero finalmente está consiguiendo volver a su mejor nivel con una rapidez digna de admiración.

En el partido de ayer ante el bestial Bayern de Heynckess se vio la auténtica demostración de todo lo que es este futbolista, tanto dentro como fuera del campo. El equipo alemán asestó muy pronto dos poderosas puñaladas que hizo a los de Wenger empezar a verlo todo cuesta arriba. Sobre el terreno de juego había 10 gunners deseando que llegase ya el pitido final, pero uno de sus compañeros sabía que el fútbol de Champions no se basa en la búsqueda del menor daño posible, sino en la competitividad. Ese líder que no tiró la toalla no era otro que el más joven de todos ellos, Jack Wilshere. 

El futbolista de Stevenage dirigió, como casi siempre, a los suyos desde la búsqueda de no dejar mal a su escudo y, sobre todo, con la intención de brindarle una alegría al hombre que confió en él y que en estos momentos pasa por una etapa muy complicada: Arsène Wenger. Wilshere tiene una gran lealtad a sus colores y a su técnico, y lo ejemplifica siempre que tiene la oportunidad. Después de su exhibición sobre el campo, consiguiendo que su equipo se mantuviese vivo e incluso rozase el empate hasta que los rivales sentenciaron con un tercer gol, también mostró ante las cámaras que para él hacer las cosas bien tiene significado más allá de conseguir un mejor contrato, significa la búsqueda del honor. En zona mixta dijo algo muy complicado de escuchar en boca de un jugador, explicando que los culpables de la derrota no eran otros que los jugadores. Y lo más significativo es que lo hizo mientras luchaba para que las lágrimas no cayesen.



Wilshere es todavía muy joven, pero tiene madera para conseguir lo que se proponga. Tiene talento, madera de líder y un espíritu competitivo envidiable. Le sobran novias, pero está agradecido al Arsenal porque le dio todo lo que tiene. Puede que algún día se vaya, en el inevitable curso de la vida dentro de este fútbol en el que cualquier gran talento acaba dejando su casa para fichar por una más grande. Puede que Jack deje en un tiempo de vestir la camiseta gunner, pero su marcha será atípica. Él aguantará todo lo que pueda, porque en el fondo es un caballero vestido de futbolista y su código dicta que debe llevar a su equipo a lo más alto antes de poder marcharse hacia otras metas.

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