19 dic. 2012

El fútbol fue bello

 Por Rubén López | ruben@futbolconpropiedad.com
- ¿Asientos? ¿en un tren? Ya se nota que nunca has subido a uno. No, todo el mundo va de pie, todos juntos, . ¿Has visto qué cola hay? He podido coger los últimos billetes de milagro. Eh, vamos, vamos tío, no quiero que digan que llegamos demasiado tarde, que ya está lleno y que volvamos a casa. ¡Un momento! tenemos reserva, quietos!, guardadnos un sitio. Mira cuanta gente. Venga, arriba Josué, tenemos una reserva. ¡Vámonos!.

Ser pequeño en los momentos difíciles significa, en muchas ocasiones, vivir engañado. Los valles de la vida traen a los mayores la necesidad mayor de mentir piadosamente, aunque a veces las artimañas que llegan a nuestros oídos poco tienen que ver con la piedad y mucho con la conveniencia ajena.

En el fútbol no existe la excepción, y numerosos engaños son llevados a cabo antes de que la información llegue a las criaturas que pueblan el mundo del deporte rey, que son los aficionados, obligados a creer lo que les dicen quienes están un eslabón por encima, porque es lo único que pueden alcanzar. El aficionado tiene, a lo largo de su vida como consumidor de fútbol, muchos 'padres' que le van contando mentiras piadosas para evitarle preocupaciones o distraer su atención de la dura realidad.

Era un recién nacido en esto del amor por el fútbol cuando todo era felicidad. El Deportivo de la Coruña, mi equipo, estaba en el apogeo  de su esplendor, en aquella época del Superdepor con el que cada temporada llegaba una nueva oportunidad de dar la sorpresa. Las criaturas de la grada vivíamos, ante todo, orgullosos de que entre los nuestros se respirase felicidad, sed de gloria. Éramos una familia perfecta, un equipo con todo lo necesario para triunfar. Los días transcurrían sin el menor temor entre quienes observábamos, desde nuestra inocencia, aquellos partidos históricos que todavía guardamos en la retina. Nuestra admiración por quien nos había dado aquella vida iba en aumento, ajenos a lo que ya se sabía por aquel entonces entre los dirigentes del club, los responsables de nuestra existencia: se estaba viviendo por encima de nuestras posibilidades, con una amenaza latente. No eran nazis buscando recluirnos en un campo de concentración, pero igualmente atentaba contra nuestra existencia. Era una vorágine económica en la que estábamos entrando de forma rápida y segura, que podía costar muy cara. Como en una fábula, nuestra historia estuvo llena de maravillas y de felicidad, pero también hubo dolor. Un dolor que aumentó gradualmente.



Pasaron los años y cada vez se fue haciendo más notable que aquella persecución empezaba a darnos caza. No nos alcanzó de golpe, pero fue una enfermedad que nos fue debilitando. Debimos vivir escondidos mientras nuestros responsables nos decían que todo transcurría por el sendero correcto, y que nuestros problemas eran sólo minucias, intentando que permaneciésemos ajenos a todo aquello. Al fin y al cabo, poco podíamos hacer por solucionarlo desde nuestra posición, por lo que sería mejor disfrutar en nuestra ignorancia mientras pudiésemos. Fue cuestión de tiempo hasta ver que no todo era como creíamos. Vimos los tanques y a los militares apuntándonos de forma amenazadora mientras exigían la resolución de problemas que pensábamos no estar sufriendo, y nos vimos ante el terror del tiempo de guerra. Nosotros, como niños indefensos e impotentes ante algo así, nos sentimos, a partes iguales, decepcionados y temerosos. 

Vimos que el lugar donde vivíamos no era un concurso en el que había que ganar puntos, sino que estábamos en el mismo Auschwitz a punto de ser despachados, y que sólo medidas urgentes serían capaces de salvar nuestra vida. Una operación militar de los aliados, en forma de cuantiosa ayuda económica inmediata, era lo único que podíamos esperar, mientras nos escondíamos, casi temblando, en el primer receptáculo protegido que encontramos.

Pensamos durante un tiempo que el fútbol era bello, y lo fuehasta límites insospechados, pero sólo en parte. Vivimos la utopía de intentar que la historia nos incluyese entre los grandes por derecho, y vimos que no ser poderoso se paga caro cuando te enfrentas a quien sí lo es y no tienes lo suficiente como para plantar cara. No habrá un bando aliado que nos saque de esta con cara sonriente, sino la severidad de gestores preocupados por que todo se haga correctamente, sin piedad. Nos arriesgamos a la ejecución inminente o a la salvación deshonrosa, y entre esas opciones se decidirá nuestro futuro, que no pinta para nada bien. Creímos que la vida era bella, pero sólo lo fue por un tiempo. Un tiempo que, por otra parte, guardamos como un tesoro de incalculable valor en la memoria, que no cambiaríamos por nada. 

Puede que en poco tiempo esos recuerdos se tornen en melancolía inalcanzable si es que no lo hicieron ya, y puede que todo se nos vuelva en nuestra contra con furia ciega pero, si nos paramos a pensar, nuestra perecedera vida en el concurso de los 1000 puntos con un tanque auténtico como premio fue bella en su fugacidad. Conseguimos creernos invencibles, y a veces eso es todo lo que el aficionado busca, aunque sea por un sólo momento. La sensación de mostrar su recuerdo con orgullo a sus nietos. El orgullo de haber podido mirar a la cara a esa anhelada copa liguera y, acercándose a ella con expresión triunfal, exclamar convincentemente (tras soñar toda la noche con ella y hacer el sueño realidad) un sonoro: ¡Buenos días, princesa!.

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