Lehmann, Lauren, Campbell, Touré, Cole, Silva, Pirès, Ljunberg, Vieira, Henry y Bergkamp. 11 hombres

que en 2004 fueron la culminación de una idea, de una filosofía. Futbolistas que consiguieron dar la razón a
un hombre que llevaba años de trabajo en busca de su obra maestra. Un caballero francés cuya motivación era la alquimia. Combinaba piezas para crear la belleza suprema. Convirtió el plomo en oro.
El de aquel año fue su tercer (y hasta ahora último) título de Premier League, y sin duda fue el más perfecto de todos ellos. Aquel 15 de mayo contra el Leicester sellaron el mayor mérito del Profesor, más allá de borrar definitivamente el tópico del 'boring boring Arsenal' que desde hacía décadas acompañaba al equipo londinense. Aquella generación de 2004 levantó admiración y se convirtieron en Los Invencibles, el único equipo que hasta la fecha consiguió ganar la Premier League invicto.
Ahora, 10 años después, Wenger parece estar consiguiendo reverdecer viejos laureles. Ya no podrán buscar la imbatibilidad, pues perdieron ante el Aston Villa, pero son líderes y de nuevo juegan con carácter ganador. En la que es probablemente la Premier League más disputada de los últimos años (lo que ya es decir), el equipo de Arsène brilla con luz propia.
Se divierten, compiten, ganan y, por primera vez en mucho
tiempo, dan miedo. El estigma de equipo sin sangre y con poca capacidad de
punch parece que se queda atrás, algo que es una gran noticia para los aficionados
gunners y también para los que vemos en Wenger a un técnico que por el bien del fútbol debe tener éxito.Este Arsenal por fin cree en sus posibilidades.
La maestría llegó con Özil, ese del que decían que daba un paso atrás en su carrera por dinero. Lejos de eso, las tablas le dan la razón y nos dicen que consiguió dejar atrás un equipo que marcha tercero (y en el que no parecían confiar ciegamente en él) en una Liga devaluada año tras año para convertirse en pieza clave del líder de la que para muchos es la mejor competición doméstica del mundo. El futbolista alemán aportó ese plus de genialidad absoluta a un conjunto que tenía ya a muchos jugadores combinativos de segundo escalón, de esos que no son capaces de ser estrellas pero son actores secundarios geniales.
El paso adelante de jugadores como Ramsey, la explosión goleadora de un Giroud que el año pasado ofreció cosas pero no fue killer, y el apoyo de jugadores como Cazorla o Rosicky crearon de este equipo una máquina ofensiva perfectamente engrasada. Y todavía se espera a Jack, que no parece estar todavía en el punto necesario para disputar los partidos que ya se le exigen.
En la parcela defensiva el Arsenal adolece de lo de siempre, pero tener por delante por fin a jugadores capaces de ganar cómodamente la posesión minimiza los problemas. Además, la llegada de Flamini (del que reconozco que no esperaba demasiado) fue un soplo de aire fresco para el entramado
gunner, y quizás el segundo factor clave del buen rendimiento tras la llegada de la estrella.
El medio francés equilibra al
equipo, gestiona a la perfección las transiciones y se mantiene muy regular durante este inicio de temporada, dando el empaque necesario al conjunto para que nada se derrumbe. Lo único de lo que carece el ex del Milan es de esa habilidad clave de manejar los partidos que sí tienen otros jugadores de su puesto, como Michael Carrick o Xabi Alonso.
Todavía queda mucha liga y hay que esperar a que lleguen los enfrentamientos más exigentes. Necesitan refuerzos defensivos en enero y es probable que mientras no lleguen aparezcan tramos de malos resultados, pero estamos ante un proyecto que puede por fin conseguir algo importante, algo que permita a Wenger dar ese golpe sobre la mesa que llevaba más de un lustro esperando. El cañón vuelve a estar cargado.