28 mar. 2019

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No habrá paz para el deportivismo

 Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com

Con motivo de ese programa de Informe Robinson sobre el Super Dépor que todos los seguidores del club coruñés esperamos con los brazos abiertos, estos días está muy latente un debate que en los últimos años se muestra como uno de los grandes problemas a la hora de hablar del equipo blanquiazul en redes: el de la paz social entre el deportivismo. Con motivo de este documental que supone el encuentro de pasado y presente del equipo hay quien ve el momento como una oportunidad de oro para enterrar hachas de guerra. No obstante, yo veo más que evidente que esto no va a entibiar ningún ambiente, como mucho lo caldeará más.
Es sencillo ver por qué pienso de esta manera. Hay que comprender que no entramos aquí en un debate sobre quién es más deportivista, no entran en juego factores de sentimiento futbolístico porque, aunque haya quien use el sentimiento como argumento, eso sería una riña absurda de patio de colegio que rápido caería en el olvido. Estamos ante una disputa más cruenta, en la que entran instintos mucho más sujetos de anquilosarse que la forma ajena de gestionar los sentimientos positivos: la forma de gestionar los sentimientos negativos. Es una lucha por tener razón, y cuando alguien busca demostrar su razón sólo encuentra enemigos. Hay quien, además de enemigos, encuentra argumentos de apoyo, pero cuando se topa con otras exposiciones opuestas e igualmente aptas se ve ante un hallazgo muy difícil de soportar, con lo que el camino elegido suele ser el de ocultarse a uno mismo detalles para ver la realidad con un enfoque absolutista e incapaz de introducir matices. No es algo que vaya nunca a mejor, siempre va a peor.
No estamos, como digo, ante una disyuntiva entre la forma de animar al equipo, sino ante la concepción del final de la era dorada del club. El conflicto entre los que ven a Tino como el responsable máximo del final de toda posibilidad de reverdecer los viejos laureles que a buen seguro regresarían con Lendoiro y los que tienen claro que esos viejos laureles estaban podridos de manera irremediable desde mucho antes del cambio de Consejo. Y es casi imposible que nadie que pertenezca a estos bandos cambie de opinión, porque todo nace de un recuerdo. Un recuerdo de un evento que se quedó en su punto concreto de nuestra historia sin mayor posibilidad de progresión. Para unos es un mal recuerdo que ya no puede mejorar y para otros un grato recuerdo que no puede empeorar.  El pasado se queda en la memoria de la manera en la que es fijado en su momento por su correspondiente presente y para que cambie necesita de estímulos demasiado fuertes que no suelen darse en quien se obceca en ello.
Quién se encuentra leyendo esto puede tener una duda razonable: ¿Cuál es la postura del que aquí escribe sobre este debate? Pues bien, mi postura se basa únicamente en ver que hay dos verdades ineludibles en todo esto: La primera es que si hoy tenemos un pasado digno de la envidia de muchos es gracias a la figura de Augusto César Lendoiro. La segunda es que si queremos tener un futuro, necesariamente hay que confiárselo a alguien sin que aparezca la beligerancia desde su mismo inicio, porque los humanos no son eternos por mucho que dejen un gran legado que les sostenga a lo largo de los años. Y no debemos juzgar el presente con vistas al pasado porque sólo habrá decepción, a día de hoy no nos haremos ningún favor.
Queda aceptar la situación de guerra con la mayor de las calmas y, quizás, también con la mayor de las indiferencias. Lo único que me gustaría es no olvidar que esto es un simple juego y que a mucha gente no le importan ni lo más mínimo las luchas ajenas por tener la razón, ya que cada uno tiene la suya y a menudo los intentos de otros por imponerse en ese ámbito son actos completamente ridículos. Pero esto no pasará, porque ya dije que no entramos en la lógica del raciocinio, sino en la de la pasión. Y cuando la pasión entra en el terreno del odio no se puede negociar, se enquista y todo aquel que no opina igual pasa a ser enemigo. ¿Quién tiene razón? Probablemente usted, estimado lector o estimada lectora. Ni dude de que usted está, con absoluta seguridad, en el bando correcto. Aunque creo que no es necesario que se lo diga: Estoy seguro de que ya no lo dudaba.

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