20 mar. 2016

Fútbol instantáneo (IX): Una patada por la patria

 Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com

La política y el fútbol deberían ser elementos inmiscibles. No obstante, en el contexto social de la Yugoslavia de principios de los 90, la política y la tensión se vivía en cada uno de los rincones del país, incluidos en los estadios.

'Una patada por la patria'



 
El panorama político de los Balcanes a principios de los años 90 fue terriblemente convulso. La idea de Tito de una Yugoslavia conviviendo en una colectividad sin conflictos raciales a pesar de la abrumadora multiculturalidad del territorio llevaba tiempo haciendo aguas, y el país renegaba multilateralmente de las ideas del socialismo convivencia. En aquellos territorios cohabitaban diferentes idiomas, diferentes religiones e incluso diferentes alfabetos en el lenguaje escrito. El férreo control dictatorial provocó la represión de los nacionalismos entre culturas que cada día se detestaban más, pero tras la muerte del líder socialista la situación se fue volviendo progresivamente insostenible.

A principios de 1990 se celebraron, por primera vez en casi cinco décadas, las primeras elecciones a nivel regional del país, con los partidos nacionalistas consiguiendo la victoria en Croacia y Eslovenia, y amplia representación en casi todas las repúblicas salvo en Serbia, donde la idea de la unidad de Yugoslavia (unida a la de que debían convertirse en la nación dominadora del territorio) era fuerte. Estos resultados electorales eran la confirmación de una tensión política que se vivía cotidianamente en las calles y provocó numerosos conflictos entre la población. Uno de ellos se vivió sólo una semana después de las votaciones, en un partido en tierras croatas entre el equipo más poderoso de la república local, el Dinamo de Zagreb, y uno de los históricos de Serbia, el Estrella Roja.

Miles de ultras serbios llegaron aquel día a Zagreb con intenciones poco amistosas. Allí les esperaban al menos otros tantos ultras croatas de igual pero opuesta ideología. Los primeros se pasearon desde la estación de buses de la ciudad hasta el estadio a pedrada limpia, cantando toda canción que se les ocurría que atentase contra el sentimiento nacionalista croata y apelando a la unión del territorio yugoslavo por lo civil o por lo criminal. Mientras tanto, los croatas quemaban banderas de Yugoslavia, entonaban cantos militares y respondían con más piedras los rocosos ataques de los rivales. El ambiente de pura crispación no cambió una vez llegados al campo, donde material ilegal de todo tipo hizo acto de presencia, desde navajas hasta ácido para corroer metales. Volaban asientos de plástico, se sucedían las peleas y la policía ni podía ni quería hacer demasiado. Mientras tanto, los jugadores calientan sobre el césped. Allí están futbolistas como Davor Suker, Alen Peternac, Robert Prosinecki o un idealista joven con marcado sentimiento de nacionalismo croata llamado Zvonimir Boban. 

Aquel Boban de poco más de 20 años ya destacaba como jugador, y más todavía destacaría como una de las estrellas del Milan durante buena parte de los años 90, pero también por su atípica personalidad dentro del mundo del fútbol, siendo un voraz lector de literatura rusa y amante del arte. Los sucesos que veía en la grada enardecían sus reivindicativas ideas, y cuando se produjo una multitudinaria invasión de campo no corrió a resguardarse en los vestuarios con sus compañeros, sino que se quedó sobre el césped. Vio cómo los policías, entre los que abundaban agentes de origen serbio, trataban con brutalidad a los locales mientras permitían que los visitantes tuvieran licencia para hacer lo que les venía en gana. Cuando Boban visualizó como un grupo de policías desplegaba su brutalidad sobre un aficionado croata no pudo más. Comenzó a correr hacia ellos y le propinó a uno una contundente patada. Una patada que se convirtió en un símbolo para su país y que le convirtió en el enemigo número uno de Serbia.

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Los aficionados ayudaron a su nuevo héroe a escapar del estadio mientras la batalla campal continuaba sobre el césped. Como resultado de aquello hubo centenares de heridos, odio desatado y, sobre todo, la idea de que aquello fue uno de los principales gérmenes de la cruel guerra civil que comenzó un año después y duró una década.

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