12 mar. 2016

El pegamento evanescente del Depor

 Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com


El Depor de Víctor ofreció en la primera vuelta un fútbol de gran nivel y efectividad. Consiguieron cerrar la primera mitad de campaña en puestos europeos e ilusionar a la afición, así como maravillar a los competidores por nunca dar un encuentro por perdido y poner a algunos de sus jugadores en la agenda preferente de algunos equipos importantes. Eran días de gloria que, no obstante, terminaron de manera brusca de la noche a la mañana. Lo que antes eran victorias que llegaban hasta cuando no se merecían, ahora son tropiezos e inoperancia para sacar adelante los partidos incluso cuando se ponen de cara. Ya no se sueña con entrar en competición europea, sino que se mira hacia el descenso con cierta inquietud.

Debemos hacernos, ante este cambio sin previo aviso de la situación, una pregunta evidente: ¿Qué pasó? ¿Cuál fue la semilla de esta incómoda situación? La respuesta es sencillamente aterradora: Pasan demasiadas cosas. Un entramado defensivo que hace aguas en cada balón colgado y que cuando falta Sidnei se deshace, pues el brasileño es capaz por físico y condiciones de corregir fallos de sus compañeros como ningún otro en el equipo, una portería (aunque soy de la idea que Lux es un portero suplente muy decente para un equipo que se presupone de zona baja) que no está tan brillantemente cubierta como el curso pasado, numerosas imprecisiones en la salida de balón que suponen sustos e inquietud continua y, sobre todo, un sistema ofensivo que ya no hace daño.

El Blitzkrieg del Depor ya no funciona. El sistema era efectivo, simple y atípico, ingredientes que le hicieron triunfar durante meses, pero a la vez venía acompañado de un grandísimo fallo: resulta considerablemente fácil de defender si se espera de antemano. Los rivales se acostumbraron a enfrentarse a un recurso que a su vez era el único automatismo exitoso del Depor para hacer daño. Ni el balón parado, ni las internadas por banda están funcionando, pues salvo Luisinho ninguno de los extremos es centrador (ya sea por tendencia o por calidad). Tampoco los envíos en largo y cambios de orientación de Mosquera están funcionando como variantes ofensivas, pues el nivel del centrocampista coruñés está muy lejos del nivel de la primera vuelta, lo mismo que pasa con casi todos los pesos pesados de la plantilla. El Depor tenía un sistema de ofensivo con el que la transición de defensa a ataque era esencialmente irrelevante, pero este dejó de funcionar y nos encontramos a un equipo sin recursos para efectuarlo. En este contexto, me resulta inevitable acordarme de un nombre que para muchos tiene connotaciones negativas, pero que a día de hoy es el único jugador en plantilla capaz de revertir de manera natural esta falta de cohesión: Juan Domínguez.

El organizador de Pontedeume pasa por una época aciaga en su carrera. Sus últimos años fueron para olvidar, tanto por minutos como por nivel ofrecido. Sus partidos en los últimos tiempos fueron sinónimo de intrascendencia y estuvieron muy lejos de lo que se sabe (por mucho que algunos renieguen de lo que en el pasado vieron sus ojos) que puede dar. Hace algo menos de tres años, cuando estaba ofreciendo su mejor fútbol, escribía este artículo sobre él, y en él pueden verse las características idóneas que se necesitan para revivir un equipo roto por la mitad y sin conexión natural ni ordenada entre su defensa y su ataque. 

No obstante, el problema del 10 deportivista está en él mismo. A día de hoy su personalidad dentro del terreno de juego sigue siendo la misma que cuando empezó su carrera, y no fue capaz de dar ese paso al frente, de madurez, que todo jugador necesita para progresar en su carrera. Quizás el hecho de haber sido siempre, sin excepción, el primer damnificado cuando las cosas no fueron bien menguó su confianza, o quizás fue precisamente esa característica la que hizo que los entrenadores decidieran apartarle de puestos de relevancia cuando el contexto necesitaba de futbolistas de carácter más marcado. Sea como sea, hace demasiado tiempo que no veo a aquel jugador que todos vimos en su día y que me convenció de que el fútbol que tiene en sus botas es de nivel más que suficiente para un equipo como el Depor. Y no sólo suficiente, sino que además es un estilo de futbolista atípico y escaso, con características muy complicadas de encontrar. Un jugador que sabe culminar la transición entre la fase defensiva y la ofensiva, que protege el balón como nadie, que siempre encuentra el pase que más ventaja puede ofrecer al equipo (que no es necesariamente el más espectacular, sino el que más protegido y con mejor visión deja a su receptor) y con una lectura del juego de sus compañeros muy notable. Es cierto que le falta último pase y desplazamiento en largo, pero para un organizador eso son complementos no vitales, sólo presentes conjuntamente con los anteriores en jugadores de nivel máximo.

A día de hoy, este equipo no necesita un trivote, sino un organizador (y en este momento no hay otro) para no ser la intrascendencia personificada. Necesita ese pegamento entre fases que no haga naufragar. Y sobre todo necesita que el pegamente sea firme y no tenga tendencia a desaparecer cuando las cosas se tuerzan como le pasó a Juan en anteriores ocasiones. Si echamos la vista atrás en el futuro reciente, el de Pontedeume fue con frecuencia ese último recurso utilizado por los entrenadores en situaciones de verdadera urgencia, y casi siempre supuso un punto de inflexión positivo. Darle confianza real a Juan Domínguez y hacerle jugar a lo que sabe jugar (en vez de otorgarle roles para los que no está hecho y después culparle de no dar la talla, como lleva pasando dos temporadas) puede ser la única opción para no caer en la barbarie de un final de temporada con sufrimiento tras una primera parte del campeonato en la que todo parecía preparado para la tranquilidad. Que le dejen jugar a lo que sabe y que le rodeen de jugadores que protejan su función, y si todavía queda algo de él en su interior, saldrá a flote todo lo que puede ofrecer. Y por favor, que el público deje de silbarle en cada balón: No disparen al pianista.

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