28 dic. 2015

Leo Messi, cazado en un control antipodaje

 Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com

El reloj marcaba las 10:15 cuando el teléfono de casa de Josep María Bartomeu comenzó a sonar. No obstante, el presidente del Barcelona no pudo cogerlo, pues a esa hora se encontraba haciendo la compra en el Alcampo. Mientras debatía consigo mismo para elegir el sabor de unos yogures, una punzada en el estómago le sorprendió sin previo aviso, pero no quiso darle importancia. "Ayer cené fuerte", pensó. Sin embargo, bien pudo ser un anuncio premonitorio, pues lo que se encontraría al llegar a su hogar era una noticia fatal para los planes de su equipo en lo que resta de temporada.

Bartomeu, explicándose: "Los de vainilla también me gustan mucho"

Bartomeu abrió la puerta principal y se dio cuenta de que alguien había llamado y dejado un mensaje. Su teléfono parpadeaba y repetía una frase insistente, con un tono inquietante: "Tiene un mensaje nuevo... Tiene un mensaje nuevo". La frase martilleaba en la cabeza del mandatario culé, que decidió acercarse al aparato e instarlo a reproducir el documento auditivo que custodiaba. La voz que escuchó era la de un alto cargo de la AEPSAD, que debido a la enorme gravedad del asunto quiso notificarlo él mismo en vez de encargárselo a un subordinado:

"Queremos anunciarle que su jugador, Lionel Andrés Messi Cuccitini, ha sido sancionado durante seis meses tras ser cazado durante uno de nuestros controles."

Al escuchar estas palabras, el presidente no lo dudó. Tras dejar sus yogures (finalmente de frutas del bosque) en la nevera, se puso su gabardina y su fedora clásico y se dirigió hacia las oficinas de la RFEF, para hablar con su buen amigo Angel María sobre cómo encarar el problema. Por el camino llamó a la AEPSAD para que le pusieran en contacto con el agente de control que sancionó a su futbolista y que este le contase cómo había ocurrido el incidente que había convertido su día en una montaña rusa. Tras recitar un par de veces la frase "usted no sabe quién soy yo", pudo esquivar unos cuantos trámites burocráticos innecesarios y hablar con prontitud con el agente, que le narró la historia tras un tenso inicio de la conversación.

Aquel hombre, un tal Tomás, tenía un deje prepotente en su voz que a Bartomeu no le gustó nada. "¡Merengón! - le gritó, creyendo conocer de qué pie cojeaba -. La exclamación del presidente culé no sentó nada bien a su interlocutor, que le contestó: "No, mire usted, yo soy del Espanyol, y a mucha honra", y posteriormente relató los hechos, no sin antes matizar que lo hacía porque quería, y no porque Josep se lo exigiese.

Tomás, el agente, nos pidió permanecer en el anonimato
Tomás narró los hechos con verborrea homeriana, siendo excelso en detalles y con un lenguaje exquisito. Aquel relato parecía sacado de una película de Francis Ford Coppola, con una estructuración perfecta, tensión narrativa sin igual y unos cuidados y elegantes efectos especiales. A pesar de su recelo inicial con respecto a aquel hombre, Josep María escuchaba con admiración, y cuando acabó la historia no pudo evitar pensar que se le había hecho corta. Quizás aquello necesitaba una secuela.

Lo que contó, no obstante, no era agradable para los intereses del Barcelona. El agente había entrado en el Camp Nou sin previo aviso para efectuar un control rutinario y allí se había encontrado un caso punible de manual. Leo Messi se encontraba de rodillas sobre el césped, con unas grandes tijeras, recortando mechones al campo hasta dejarlo perfectamente igualado. Cuando Tomás se acercó al futbolista, este no pudo evitar venirse abajo. Admitió su gran error, comentando que le había entrado la nostalgia, que sólo quería dejarlo como a Xavi le gustaba y que justo acababa de empezar, que no creía que hubiese sobrepasado el límite legal. No obstante, el ojo experto de Tomás le permitió saber inmediatamente que el argentino no estaba diciendo la verdad, pues el círculo central estaba recortado al milímetro, e incluso un par de terrones arrancados por Vermaelen durante un calentamiento reciente estaban perfectamente recolocados y asentados. "Eso, señor Bartomeu, es algo que la Agencia Antipodaje no puede dejar pasar de ninguna de las maneras, como usted comprenderá", le dijo el agente de forma severa un segundo antes de colgar. 

Leo mostrando su decepción por el estado del campo durante un partido reciente

El presidente se quedó con la palabra en la boca, mirando al horizonte con expresión melancólica. ¿Cómo se lo iba a contar a Luis Enrique? Continuó su camino hacia la RFEF, pero en ese momento se dio cuenta de un detalle en el que no había pensado antes: La sede estaba en Madrid. Impotente y con el ego lastimado, se dio la vuelta para volver a su domicilio y se decidió a llamar al entrenador para comunicarle la amarga noticia. Esperaba que su idea de confiar en Douglas como sustituto apaciguase los ánimos del técnico asturiano. Marcó y se echó a andar por la fría acera invernal, con el espíritu navideño tocado y el orgullo herido, poniéndose el teléfono pegado a una oreja que, a buen seguro, le acabaría pitando después de la conversación que estaba a punto de tener.

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