10 oct. 2015

La conjura de los necios y la inoperancia de los sabios

Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com

No puedo evitar sentir un profundo rechazo (que según el día podría definirse más bien por una sensación de incontenible hastío) hacia buena parte de los aspectos que rodean al fútbol moderno. No hablo de esa recurrente nostalgia hacia el fútbol de los 90 -los años dorados de este deporte- ni de una crítica al salvaje proceso de monetización en el que se ve envuelto desde hace más de una década. Hablo de su contexto social. Un contexto con el que no comulgo y que suele suponer la elevación del menos avispado de los presentes como líder de acción de las mayorías.

España es un país con tradición de fútbol y eso está muy bien. Es cierto que en muchos aspectos cierra el paso a otros deportes, que se aprovecha su tirón de manera excesiva y perjudica enormemente a otras disciplinas debido a su monopólica presencia en medios de comunicación y vida cotidiana en general. Es un deporte que provoca pasiones positivas, pero también negativas entre quién no gusta de sus encantos. No obstante, creo que la moda del odio hacia el fútbol como el opio moderno del pueblo español no parte de preceptos acertados. Es normal que en este país exista mayor tendencia a identificarse con esto a lo que los locutores de antaño llamaban balompié pero cuyo anglicismo caló definitivamente en una sociedad demasiado hambrienta de buscar fuera la elegancia que no parece haber dentro de unas fronteras demasiado alejadas de las luces de Nueva York. No obstante, el problema no está en el deporte. El fútbol no es el opio del pueblo, sino que el propio pueblo es, en muchos casos, el parásito que hace que el fútbol sea sólo una versión marchita de sí mismo. Es un error odiar al deporte, ya que sólo es un concepto inanimado. Al fin y al cabo la afición a él existente en España es una herencia recibida tras muchos años de tradición y es perfectamente comprensible (e incluso positivo) no renegar de ella. No porque tengan mejor marketing las tradiciones ajenas son mejores y renegar de uno mismo es una práctica que un hombre cómodo consigo mismo (independientemente de lo insoportables que sean los demás) nunca se plantearía. 

Tengo bastante claro que lo que hace que otros deportes sean vilipendiados no es el fútbol, ni lo mucho que atrae a la mayoría, sino otros aspectos. Si miramos a EEUU (que no son ejemplo de casi nada más allá de saber venderse demasiado bien) podemos ver que también existe ese 'deporte de masas indiscutible', el fútbol americano, pero eso no impide que otras muchas disciplinas tengan notable éxito. Lo que rodea a un deporte es lo que realmente le hace ser lo que es. No hace falta más que echar un vistazo al rugby, un deporte de marcados valores de respeto y deportividad cuyas bases, sin embargo, harían pensar a cualquier incauto que es un juego hecho por y para salvajes. Es por eso que lo que hay que arreglar en el fútbol es lo de fuera, y a su vez lo de fuera no tiene nada que ver con el fútbol. En el citado caso del rugby, la tradición del deporte condiciona a sus aficionados, pero en el deporte rey son los aficionados los que consiguieron condicionar el deporte, y eso es algo que hay que atajar tanto fuera como dentro de él.

En esencia, el fútbol es un deporte rodeado de demasiada gente con inteligencia a estrenar a la que se permiten licencias inauditas, pero eso es algo que sabemos todos. Lo realmente preocupante es, sin embargo, cuando se disuelve ese factor (dando como resultado una mezcla fatal), en un disolvente muy poco idóneo: las masas. Hablar de masas sociales es hablar de un potencial casi infinito para la concatenación de actos desafortunados. En un grupo amplio, el que se erige en líder es el que más grita, y el que más grita suele ser el que menos dudas tiene. Por supuesto, el que menos dudas tiene suele ser también, en multitud de ocasiones, el más tonto. Y la combinación de líder tonto con cantidades industriales de seguidores sin demasiada capacidad de raciocinio individual una vez se ven aceptados formando parte de un colectivo ruidoso suele ser peliaguda.

Muchos, llegados este momento, podrían pensar, sin que les faltase razón: ¿Qué hace un tipo que lleva años escribiendo sobre fútbol haciendo una crítica tan falta de escrúpulos hacia lo que rodea a este deporte? La respuesta es sencilla, y es que este deporte no merece (como no merece nada que no tenga capacidad de raciocinio) que lo asocien como causa de los males de una sociedad que, si bien tiene muchas virtudes, también tiene mucho que arreglar en sí misma. Por supuesto, opinaría lo mismo si en lugar de pasar con el fútbol, pasaría lo mismo si el ambiente carente de lógica que se da en muchas ocasiones a cuento de partidos o sucesos futbolísticos varios sucediera con la natación o la petanca. Simplemente no es una relación de causa efecto entre lo que pasa en el césped y lo que pasa fuera, y deben separarse los conceptos.

Por poner algunos ejemplos, recientemente estamos asistiendo de manera reiterada a la misma escena en cada partido de la Selección. Aficionados enfurecidos pitan a Gerard Piqué cada vez que toca el balón, como reproche por tener ideas independentistas (aunque hay quien dice que le silba por tonto, lo que le da muchísima más lógica al asunto, dónde va a parar...). Por supuesto, un buen número de independentistas salen en una tromba de indignación a la defensa de su conciudadano catalán, aunque a su vez unos cuantos de ellos no escatimaron en pulmones para ejercer también hace unos meses su derecho a la libertad de expresión pitando el himno, siendo en este caso muchos de los del otro bando los que salieron indignados al ataque. En resumen, hordas de auténticos genios que no tienen muy claro que su libertad de expresión no sigue en pie una vez se falta al respeto a los demás y que hacen, creyendo que es una forma de reivindicar sus ideas (aunque, sin que me deje mucho más tranquilo, espero que sea más bien como forma de provocación) exactamente lo mismo que los de ideas opuestas pero se toman como un ataque imperdonable que los otros lo hagan.  

Por supuesto, en esta absurda guerra geopolítica que contamina el deporte no faltaron situaciones surrealistas por parte de ambos bandos, como los que criticaron a uno de los futbolistas más ejemplares de la historia de España, como es Carles Puyol, por ponerle un nombre español a su hija [pido disculpas por la subjetiva fuente] catalana, o los que criticaron a Iniesta por sentir aprecio por la tierra que le da de comer. Son sólo unos cuantos ejemplos, ambientados en ese tan de moda conflicto entre Catalunya y España que ilustran bastante bien la falta de inteligencia que asola nuestro país y de la cuál el fútbol no es responsable. Puestos a politizar el deporte, alguien podría haber utilizado el partido de España para criticar con fiereza el decreto (aprobado ayer mismo) sobre el Impuesto al Sol, digno de país tercermundista, pero se prefirió acosar a un jugador del propio equipo.

¿Qué se puede esperar de un lugar en el que el canal de televisión más visto es uno en el que se eleva la ignorancia a la categoría de diosa? Muchos pensarán que la respuesta es la resignación, pero yo espero otra cosa: cambio. El fútbol es un ejemplo de los males de una sociedad (también de muchas virtudes que en otro momento serán expuestas, pero hoy tocaba hablar de otro tema) que hay que remediar, pero que no son, para nada, provocados por él. En el fútbol de antaño (y cuando digo antaño hablo de muchas décadas atrás) había rivalidades más más vehementes en muchos aspectos, pero también más nobles. Lo de ahora son simples niñatadas, y la idea de aceptarlo como algo inmutable debería ser inmediatamente cambiada. Quizás un deporte como este, de la misma forma que es la manera más rápida de expandir actitudes de dudosa capacidad intelectual, es también el medio más acertado para corregirlas.

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