6 ago. 2015

La maldita gran noche de Obdulio Varela

Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com


Pasaron ya 65 años, pero todo aficionado al fútbol que se precie conoce la historia de aquel histórico Obdulio VarelaMaracanazo acaecido en el Mundial de Brasil en 1950. En aquel partido, Uruguay arrancó el trofeo de las manos a los anfitriones en un encuentro en el que nadie valoraba la opción de ver caer a la canarinha. El gran protagonista de aquella historia fue un jugador de garra y carácter, el capitán charrúa Obdulio Varela.

Aquel partido enfrentaba a la aguerrida selección uruguaya con el equipo más temido del mundo. En la charla del vestuario celeste previa al encuentro, el técnico Juan López Fontana temía una debacle y dijo a sus jugadores que saliesen a encerrarse en defensa, algo que Varela no compartía. En cuanto el entrenador abandonó a sus jugadores comenzó su charla de capitán y convenció a sus compañeros de que debían salir a morder, pues los brasileños habían ganado a todas las selecciones que se enfrentaron a ellos saliendo a defender. Los uruguayos se encaminaron al campo convencidos, pero su moral se vio excesivamente resentida cuando se acercaron al césped y se vieron ante casi 200.000 gargantas animando a favor de sus rivales. Ante este panorama, Varela pronunció una de sus frases más emblemáticas para que los suyos se centrasen exclusivamente en lo que pasaba en el campo: "Los de afuera son de palo". Comenzaban así noventa minutos a todo o nada.

El partido fue nivelado a pesar de que todo estaba en contra de la selección charrúa, pero en el minuto 48 Friaça adelantó a los locales. Obdulio no se daba por vencido, y rápidamente reaccionó saliendo en carrera desde el centro del campo hasta su portería para recoger el balón y colocarlo en el medio del campo, no sin antes dedicar tiempo a protestar airadamente a los árbitros por la jugada, para distraer la atención y que los rivales no se recreasen en la celebración, buscando enfriar el ambiente. Mientras protestaba, Varela cuenta que notó nervios y miedo en los brasileños Obdulio Varela Ghiggiaque se le acercaban a recriminarle, y utilizó eso para trasladarles a los suyos su sensación de que iban a ganar el encuentro. 

No se equivocaba El Negro Jefe (cómo le habían bautizado por su capacidad de liderazgo), y en la siguiente media hora de partido sendos goles de Schiaffino y Ghiggia daban la vuelta al marcador. El segundo gol fue especialmente cruel para el portero brasileño, Moacir Barbosa, que cometió un grave error que le acompañó durante toda su vida, convirtiéndolo en el principal señalado de la debacle. Maracaná enmudeció, a pesar de la muchedumbre que se había dado cita allí, y después de que Brasil no pudiera darle la vuelta al marcador durante los últimos minutos, el árbitro pitó el final con victoria uruguaya para sorpresa de todos, incluso del presidente de la FIFA, Jules Rimet, que sólo había preparado un discurso en portugués para felicitar a los que en la previa se daba por hecho que serían los campeones con total probabilidad. La ceremonia de entrega del trofeo se hizo de manera casi clandestina, con la banda musical sin tocar pieza alguna y con Obdulio Varela arrancando indignado de las manos el trofeo a un Rimet que no sabía qué decir.

Aquel día, muchos periódicos brasileños tuvieron que cambiar las portadas que ya tenían proyectadas para la siguiente fecha, muchos aficionados tiraron las camisetas conmemorativas ya compradas y las calles se desengalanaron sin fiesta alguna. Fue el gran día de Uruguay, pero el mayor protagonista de aquella gesta, Obdulio Varela, reconoció tiempo después que incluso habría querido perder aquel partido por todo lo que supuso después. Los dirigentes deportivos de su país, que en los días previos a la victoria daban por hecho que su selección perdería y se conformaban con no hacer el ridículo, acabaron acaparando para ellos todo el mérito, dando sólo limosna a los jugadores que llevaron a la gloria a su país.

Tras el partido, Varela se marchó solo del estadio. Paseó por las calles de Rio y empatizó con aquellos que lloraban la derrota más que con los que se habían autoerigido injustamente como máximos responsables de su éxito. Compartió cervezas con las desconsoladas gentes de la ciudad carioca y, cuando acabaron reconociéndolo, le felicitaron y aceptaron como uno más sin ningún tipo Obdulio Varela Jules Rimetde enfrentamiento. Fue una noche agridulce, en compañía de desconocidos que le habían mostrado más respeto que los avariciosos mandatarios de su país.

Aquella irrepetible noche de fútbol granjeó a la federación todos los elogios, mientras que a los que lucharon en el campo por aquello no les dejaron más que las migajas. Les dieron un puñado de medallas de plata, y algo de dinero que a Obdulio le valió simplemente para comprarse un viejo Ford que le robaron a la semana siguiente. El Negro Jefe siguió jugando al fútbol durante 5 años más, sin quejarse nunca pero hablando claro siempre. Se retiró siendo la mayor leyenda del fútbol uruguayo, pero murió igual de pobre que antes de convertirse en leyenda. El hombre que había convertido una vez a 200.000 enardecidas personas (aunque probablemente había pronunciado la frase pensando más bien en los derrotistas dirigentes de la federación) en un puñado de inofensivos trozos de madera se fue como llegó, sin renunciar nunca a aquel fuerte carácter que infundía profundo respeto a todo aquel que estuvo alguna vez a su lado.

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