noviembre 2014

30 nov. 2014

Odio eterno al fútbol pasivo


El día a día del fútbol es, en muchos aspectos, un cúmulo de despropósitos. Es un barco con visibles agujeros en el casco que afectan cada vez de forma más evidente su línea de flotación, y en en el que la deriva lleva tiempo siendo evidente a pesar de puntuales giros de timón que apenas pueden hacer frente a un mar demasiado embravecido para unos capitanes demasiado acomodados. Todos tenemos cierto odio al fútbol moderno, pero la modernidad en sí no es un problema en ningún ámbito, los avances nos permiten vivir en un mundo con descubrimientos científicos destacables, tecnologías considerablemente avanzadas y comodidades con las que hace sólo unas décadas contaban sólo los más acaudalados. En el ámbito social, podría decirse que la modernidad nos hizo aprender a ver como derechos universales aspectos básicos que hasta hace poco parecían simplemente lujos para los pudientes. ¿Por qué el fútbol no supo adoptar lo moderno como algo positivo? Mi teoría se basa en la pasividad.

La forma acomodada de dirigir este deporte de la que hicieron gala siempre no sólo los dirigentes, sino también los aficionados, consiguieron que este deporte diera pasos en la dirección que marca gente que tiene intereses propios, y que sabe que las inquietudes de los que mandan están en el poder y el dinero y los del aficionado están en el vivir día a día sin preocuparse demasiado. Así, fueron apareciendo las televisiones formando su negocio particular, la prensa creando un submundo de ínfima calidad informativa a costa de un público conformista que o se amolda al borreguismo o genera en su interior un odio irascible hacia ella y reniega de ese mundo, pero sin tampoco hacer nada para cambiarla o (y este es el tema que atañe al artículo de hoy), un pequeño subgrupo de aficionados que existe como teórica forma de vida, pero que no es más que otro añadido a conseguir que este mundo del fútbol sea todavía un poco peor: los animales de grada, a los que los ingleses llaman Hooligans, los italianos Tifosi y los españoles fachas o rojos, dependiendo de la ideología, ya que en este país sabemos que todo lo marcan las ideologías políticas de hace un siglo. ¿Cómo se lucra de la pasividad este grupo? Vendiendo, cuál político en campaña, el miedo a cómo serán las cosas sin ellos, el miedo al silencio, estableciéndose como los únicos capaces de hacer que la gente anime en un estadio. Ignoro si eso sería cierto o no, pero lo que sé es que no me gusta el peaje a pagar.

Este último grupo consiguió hoy especial trascendencia debido al lamentable incidente ocurrido en la previa del partido entre Atlético de Madrid y Deportivo. Un incidente más a sumar a una larga lista que no impide que en las gradas de los estadios de nuestro país siga sentándose gente que utiliza el fútbol como excusa para desencadenar la violencia que llevan dentro como instinto primario. Son el derivado de la normalización del exceso de testosterona en el fútbol, una normalización peligrosa que tiene otros resultados, como la proliferación del insulto agresivo desde la grada, algo tan antiguo como el comer, que desde tiempos inmemoriales hace que el frustrado acuda al fútbol para liberar su odio contra gente sin culpa alguna a la que no se atrevería ni a toser si se los encontrase frente a frente. En este mundo de la cobardía que rodea tristemente a un deporte tan de masas y que incluye tanto a niños como a gente con un coeficiente intelectual normal a la que simplemente le gusta ver fútbol, el máximo exponente de este problema está en quien lo utiliza como refugio para desatar su instinto menos humano con la excusa de escudos, política o cualquier improvisación que se encuentre por el camino.

Hoy no se suspendió el partido entre Atlético y Depor, pero creo que eso no habría sido suficiente. Creo que la Liga debería no seguir celebrándose mientras todos los clubes no se comprometan a expulsar de sus estadios a gente que sobra en ellos. Sé que con la competición en marcha no se hará eso, la pasividad que produce el dinero, los patrocinadores y las instituciones internacionales no lo permitirá, pero al menos creo que es algo que debe exigirse de cara al verano, una reunión entre dirigentes que acabe con esto, porque en otro caso no habría sido este (en caso de haberse suspendido) el último partido en el que actos de gente sin ninguna motivación deportiva repercutieran en el deporte. No sería la última vez que un padre deba explicar a su ilusionado hijo la oscuridad que rodea a su deporte preferido y que haga que no pueda ver a su equipo. Lo que más debemos temer es el silencio de la gente justa, y no el de una horda de gente sin habilidad para usar el cerebro, que sabemos que siempre son los que más ruido hacen.

Yo no quiero que influyan en mi deporte los actos de gente que no demuestra tener capacidad alguna de raciocinio, y que sólo demuestra día tras día ser una lacra más. Culpo a los malos, a esos que van buscando pelea, pero también a los buenos que comparten banderas con ellos auspiciando sus actos mediante la oportuna acogida que brinda la pertenencia a grupos y que conlleva la despersonalización de actos lamentables. Culpo a los que no dicen nada, a los que caen en el juego de defenderlos bajo la pertenencia a su mismo escudo, y a los que no hacen nada por evitar que sigan tiñendo de negro un deporte que no debería tener sitio para la violencia. Culpo a quienes no ven que sólo es el mismo juego que el de quien usa la política o la religión como excusa para soltar su odio hacia los demás, pero que por algún motivo no tiene tanta condena social, bajo el cartel de ser un modo de vida. Es cierto que la violencia y el fútbol estuvieron siempre bastante unidos, pero si se dejaron de tirar cabras desde los campanarios quiero pensar que algún día también esto se quedará a un lado.

No veo mal que gente se reúna de mutuo acuerdo para desatar su violencia, cada uno es dueño de su vida, pero que no lo relacionen con el fútbol, que lo hagan en privado, le llamen Club de la Lucha y posteriormente graben una película sobre su estilo de vida, pero eso sí, que respeten las dos primeras reglas del club y nadie nos hable de ello, y que se dediquen a fabricar jabones para autofinanciarse si les viene en gana, pero que nos dejen en paz a los que nos gusta que llegue cada domingo para ver a nuestro equipo, y que nunca más empañen uno de esos partidos, porque no tienen derecho a ello. La pasividad nos hará esclavos de los intereses de otros.

Por supuesto, quiero cerrar el artículo mandando ánimo, al entorno del hombre que se vio tristemente envuelto en la tragedia del día de hoy.