9 jul. 2014

Un hombre de grada


  Por Rubén López | rubenlopezfcp@gmail.com
 
En el día de ayer los menos madrugadores nos despertamos con una noticia cuanto menos inesperada: Fernando Vázquez era destituido como entrenador del Deportivo a escasos días de comenzar la pretemporada, tras lograr un ascenso que a comienzos de campaña se preveía complicado y después de que la directiva le ratificara como el hombre que llevaría el timón del equipo en Primera División.

Vázquez siempre fue un tipo peculiar, un hombre con un estilo marcadamente diferente que le llevó a chocar con algunos egos en el vestuario, siendo Carlos Marchena el ejemplo más destacado. También tuvo sus detractores en la grada, algo de lo que ningún entrenador escapa en este mundo en el que cada aficionado tiene dentro una vanidad inherente que le lleva siempre a creerse más válido para los trabajos ajenos que el prójimo que los ocupa. Pero fuera de todo eso, el paso del técnico eternamente vinculado a su Castrofeito natal, dejó en mucha gente una gran sensación de identificación.

Cuando llegó, lo hizo como un elefante en una cacharrería. Su extravagante personalidad fue precisamente lo que necesitaba un vestuario hundido y una afición afligida en uno de los peores momentos de la historia blanquiazul. Los jugadores le respetaban, el público le quería y la directiva cogía aire gracias a un final de temporada que a punto estuvo de reflotar a un transatlántico hundido desde hacía mucho tiempo. Era un momento idílico, que parecía que se mantendría de esa forma durante mucho tiempo. Parecía que había proyecto de futuro, a pesar del doloroso descenso y la complicada situación económica.

Llegó el duro año en segunda con un comienzo desalentador, con fichajes que no conseguían hacer una plantilla del todo fiable, problemas económicos y muy pocos futbolistas con contrato profesional en un equipo obligado a ascender, lo que hizo que la afición comenzara su viaje hacia la angustia. Fernando Vázquez supo hacerlo bien, aportó cordura en lugar de artificio, y mediante un juego conservador consiguió alcanzar el objetivo de los puestos de ascenso directo antes de Navidad, época en la que le quitaron al jugador sobre el que cimentaba su ataque, Culio. Le trajeron a otro, Salomao, pero el nuevo equipo que creó para aprovechar su figura duró apenas un mes, lo mismo que aguantó la pierna del portugués antes de lesionarse de gravedad. Ante esto no tuvo más remedio que buscar un último pilar ofensivo, y lo encontró en un Sissoko genial, pero fuera de forma. Así, privado dos veces de ese hombre diferencial que marcaba las diferencias y hacía bueno el gran trabajo de su defensa y teniendo que dosificar al tercero, llegó a la jornada final con el ascenso en el bolsillo. Un mérito encomiable, tachado de minucia por un sector importante de una grada caída ya en depresión porque su equipo no jugaba como los ángeles, sin valorar que lo importante (y lo realmente complicado) era el ascenso. Su cercanía al espectador fue calificada de populismo por algunos, pero siempre opiné que simplemente era normalidad, una cuestión de entender lo que era una grada. En un mundo de egos y narcisismos, un hombre que no rehuya al contacto con el aficionado es extraordinario y necesario, porque dota de normalidad a un mundo basado en lo absurdo, que erige a personas corrientes en deidades con derecho a todo.

Vázquez se va, creo que no exagero si lo digo, después de salvar el futuro del Depor, o al menos después de conseguir suavizar de forma muy importante las consecuencias de un segundo año en el infierno. No hay personas por encima de los colores, pero sí que debería ir con el escudo el defender lo justo, y lo justo habría sido dejar a Vázquez defender lo que había conseguido y callar las bocas que lo criticaban. Es cierto que sus palabras del sábado no fueron afortunadas, que algunos fichajes podrían complicarse al saber que hay 'cantidades decentes de dinero' y que las quintas opciones se sientan descalificadas, pero demostrar de esta forma que estabas manteniendo a un entrenador en el que no confiabas también es, en mi opinión, un error que se paga. No obstante, la directiva es la que manda, la mayoría les eligió para ello y no se gana nada con luchas absurdas, sólo toca mirar hacia el futuro buscando unir a todos los sectores del club para conseguir más fuerza. Pero para mí, y para otros muchos, ayer fue un día triste en lo futbolístico. El más triste desde el descenso de 2011, y quizás más doloroso aún por el hecho de que en este caso no fue una cuestión de justicia futbolística. Gracias por todo, Fernando.

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